Trabaja, consuelo

La sociedad es interdependencia. Lo es porque implica la correspondencia entre la variedad de sus partes y su imprescindible cooperación recíproca. Existo porque otro también lo hace; cualquier cosa que yo haga le afectará, y viceversa: Es la facultad de afectar y ser afectado lo que nos lía a la responsabilidad: No es posible vivir como si el otro no existiera. De facto, nos implicamos.

¿Cómo saber si lo que ocurre, en ese mundo que nuestros sentidos nos hacen percibir como “externo”, no existe, de ninguna forma posible, por el contenido de una mente que es propia?. ¡Hemos descubierto que nos han negado! Intentamos, así, superarlo con el único contrapuesto que se nos ocurre: nuestra afirmación. ¡Aquí estamos!. ¡Aquí estamos!. Aquí estamos…

Pero, ¿cómo transformar las condiciones si nuestra sociedad se empeña en repetir, a ultranza, el mismo método?, ¿Cómo, si además apremiamos reflexiones distintas y más creativas?, ¡Dígame!, ¿Por qué un cambio de paradigma modifica de forma tangible la manera en la que se vive la realidad?, ¡Qué es lo que hay allá afuera! Lo que sea, ¿está separado de nosotros?.

Pensé en Gandhi. ¿Cómo fue posible que ese hombre le doblara las manitas al Imperio Inglés? Gandhi repudiaba la lucha armada y pregonaba la no violencia como medio de resistencia. Respondía con una fidelidad impresionante a los dictados de su conciencia. Mas lo entendía: lo que hiciera él le afectaría a otros… y afectó al mundo.

¿Habrá sido por las multitudinarias marchas y discursos llenos de sabiduría y pasión?. O acaso por haber ido más lejos; quitarse el traje inglés tomar la rueca y tejer las ropas propias de la identidad de su pueblo en pos de no ser más partícipes del imperio que los oprimía.

Yo, una joven y humilde aficionada, en modo alguno he negado la importancia de las marchas. Lo que niego es que se les quiera adjudicar una virtud omnipotente (que todo lo puede), revolucionaria (¡agárrate, que ahora sí que empezó la revolución!) y panacéica (de panacea, como remedio para todos los males). No lo creo de ninguna manera: se requiere mucho más de nosotros.

¿Será que urge estudiar con diligencia, para actuar con responsabilidad y estrategia, el lugar adecuado para acertar el golpe? Existen enormes desventajas cuando actuamos motivados por la ira y la venganza. No sólo porque con ellas nos parecemos más a lo que detestamos; sino porque nos quitan el poder: los medios y fines están tan íntimamente ligados, que no hay forma en la que el medio para obtener la paz sea la ira y se obtenga paz.

Ocurre, además, que el actuar con odio y aversión nos pone en el lugar de las víctimas. Al asumir esta postura estamos seguros de que no hemos sido partícipes de la situación. Vemos al otro como el responsable. Es lo externo quien decide con un poder casi divino…

Siendo el caso, ¿en qué radica la propia existencia y la capacidad de la mente de forjarse así misma?. Si no tenemos el poder, ¡es cierto! Sólo resta exigir al otro lo que carecemos por dentro. No obstante, temo que no hay forma de controlar lo externo sin el control interno. Y es que quizá aquí esté la verdadera fuerza: en la potestad de cambiarnos para transformar al mundo.

Por más que se lo intente, no existe la causa sino las causas. Erramos al creer que el origen es uno que nada tiene que ver con nosotros. Si se está convencido de que la sociedad es lo que es por los gobiernos y que su gente, su contenido, sólo fungen como inocentes vegetales pasivos, jamás pondremos a trabajar la única herramienta que sí tenemos para transformar la realidad: la mente.

¡Pero tal parece que estamos fascinados con la cómoda idea de que nosotros somos un bando, el bueno, y el gobierno, el malo, el otro!. Aún si esto fuera “real”, no ha sido suficiente con exigirles que lo resuelvan todo, ¿verdad?. Pero no lo es. El objeto creído lo es por una miríada de factores.

Cuando queremos cambiar dinámicas sociales, pero el enfoque se mantiene hacia lo externo y nunca hacia los propios pensamientos y conductas, jamás se lograrán transformaciones sustanciales. Quitarle el poder al otro para tomarlo bajo las mismas premisas parece una dialéctica poco efectiva si lo urgente es enarbolar la compasión, el amor, la pluralidad; la convivencia y cooperación pacífica y armoniosa; el estudio y la comprensión; la equidad y justicia; el perdón…

Desearle la muerte a otro; desearle el más puro de los sufrimientos, no nos aleja de un auténtico asesino (o del “bando de los malos”): ¡Pese al dolor, hay que estar arriba de eso! Hay que hacerlo porque no son ellos o nosotros: somos todos y vamos juntos, ad eternum.

Al final, es posible que el verdadero consuelo se encuentre en admitir las consecuencias de nuestros actos; sobre todo en reconocer la capacidad de modificarlos así como de entender la inevitable dinámica entre causas y efectos; aunada, invariablemente, a nuestra perpetua interdependencia. Después de todo, siempre tenemos opciones; y tal vez sea eso lo que nos haga libres: poder elegir, aún en las situaciones más terribles. ¡México es nuestro! Entonces, ¡trabaja!, ¡trabaja!, consuelo.

Originalmente publicado en La Jornada Veracruz, el 26 de diciembre de 2014

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