El viaje fantástico: un relato del Día de Muertos

El Día de Muertos es una tradición mexicana de extraordinaria belleza en la que se honra la memoria de quienes han fallecido. En este contexto, la muerte y la vida forman una entidad dual indivisible.

Extraordinario como el cosmos que despliega su inmensidad en la oscuridad de la noche, el fascinante reino del Mictlán aparece majestuoso desde la víspera del Día de Muertos; acontecimiento mágico de extraordinaria belleza en el que por un breve instante, cosmos e inframundo convergen en una tradición que abraza la esencia misma del espíritu humano. Aquí, como dualidad indivisible, cosmología y cosmogonía dan cuenta de nuestro eterno devenir: somos materia estelar de un cielo distante que transita inexorablemente hacia el inframundo.

El altar, centro inequívoco de nuestra festividad, sintetiza la grandiosa cosmovisión derivada del conocimiento indígena, al tiempo que se erige como un formidable ejemplo de resistencia ante los efectos destructivos de una conquista ideológica, del pasado y del presente, a la que eufemísticamente calificamos de sincretismo. Mas la visión prehispánica sigue ahí, en gran parte intacta, como un poderoso recordatorio que nos exhorta a aceptar con orgullo la esencia de quienes somos y la raíz de donde venimos.

Formado en lo general por un arco que alude al cosmos o la morada del Sol, la Luna y las estrellas; por un plano medio que representa la tierra, lugar donde yacen las ofrendas dedicadas a los que han dejado el mundo material; y por un plano inferior conformado por las nueve regiones en las que se divide el reino de la muerte, el altar es la representación tangible del eterno ciclo de la vida, así como de lo que ocurre en el tránsito hacia la morada final una vez que la muerte se ha consumado. Como si se tratara de un libro animado, nos explica amorosamente, mediante una profusión de símbolos, aromas y colores, el camino que hemos de seguir cuando inevitablemente emprendamos nuestro último gran viaje.

Xoloitzcuintle jugando con un olote. La compañía de un perro guía resultaba imprescindible para transitar con seguridad por los difíciles caminos del inframundo.

En la cosmogonía indígena, la muerte no constituía una entidad terrorífica a la que se debiera temer. No podía serlo porque juntamente con la vida, constituía una entidad dual de naturaleza indivisible; no habría vida sin la muerte, ni viceversa. Por ello, cuando la existencia física llegaba a su fin, se iniciaba un viaje fantástico de cuatro días de duración hacia un destino que dependía en gran medida de la forma en la que hubiera ocurrido la muerte. El camino era peligroso, por lo que para transitarlo con seguridad se requería de la ayuda de un perro guía; uno que debió ser compañero en la vida.

Transcurridos los cuatro días, se llegaba ante la presencia de Mictlantecuhtli y su compañera Mictecacíhuatl, señores del Mictlán, quienes habrían de decidir en cuál de las nueve regiones del inframundo se enfrentaría una última prueba de cuatro años de duración. Tras este periodo, finalmente se alcanzaban las condiciones para continuar la vida en el Mictlán, llegándose así a su último nivel: el lugar del eterno reposo conocido como la obsidiana de los muertos.

México es un país de exuberante diversidad cultural, por lo que la tradición del Día de Muertos no es uniforme a lo largo de su geografía, ni tampoco su interpretación. Con todo, es posible afirmar que la riqueza de esta festividad va más allá de la celebraciones típicas del 1 y el 2 de noviembre; fechas que, en última instancia, fueron adoptadas por la influencia de la religión católica. Así pues, en algunas partes del territorio nacional, los preparativos para el recibimiento de aquellos que han abandonado el plano material comienzan desde octubre, al igual que la llegada de los primeros visitantes del reino de la muerte:

El 27 de octubre tiene lugar la llegada del perro guía, encargado de conducirnos por el sinuoso camino hacia el inframundo. El 28, se espera a quienes tuvieron una muerte relacionada con el agua, en clara alusión a los moradores del Tlalocan. El 29, arriban los que perdieron la vida de forma abrupta, como en un accidente o al dar a luz; se trata de los habitantes del Omeyocan. El 30, se recibe a los niños que murieron por causas no naturales; son los moradores del Chichihuacuauhco, sitio donde se encuentra un árbol de cuyas ramas gotea leche para alimentarlos. El 1 y el 2 de noviembre se recibe a los niños y a los adultos que al haber tenido una muerte natural, moraban en el Mictlán.

El pan de muerto dista mucho de las versiones azucaradas con sabor a mantequilla que ofertan las grandes tiendas de autoservicio. Rico en formas, colores, sabores y texturas, es parte importante del legado cultural de esta festividad.

Aunque propio de algunas regiones de Veracruz, este calendario manifiesta la riqueza de una tradición que gradualmente se adentra en el abismo del olvido, víctima de una sociedad mexicana cada vez más ignorante de su propia cultura. Hoy, un sector no despreciable de la población entiende que el pan de muerto es el que se compra en las grandes tiendas de autoservicio, nacionales o no; que el Día de Muertos es el ritual representado en las películas de Disney; que ante la “falta” de un día en el que se recuerde a las mascotas fallecidas, es necesario proponer al 3 de noviembre como fecha conmemorativa; que celebramos la noche de brujas disfrazándonos de criaturas espeluznantes; que la muerte es horror; que del más allá provienen monstruos desfigurados dispuestos a causarnos el más atroz de los sufrimientos, aunque en vida hayan sido nuestros más grandes amores.

El Día de Muertos es color, aroma, sabor, leyenda, calidez, convivencia; es la fuerza de una sociedad que se une en torno a los valores que transcienden la superfluidad de la compra desenfrenada. Es la ventana que abrimos para jamás olvidar a quienes nos precedieron; para honrar a nuestros seres amados; para enraizarnos profundo en la tierra. Es la antítesis de las tradiciones prostituidas por el capitalismo voraz. Es, simplemente, amor en su forma más pura.

Altar que honra la memoria de las mascotas fallecidas. En algunas regiones de México, el 27 de octubre se espera la llegada del perro guía, lo que de manera natural propicia que se recuerde a las mascotas en general.

Es cierto, un pueblo informado difícilmente puede ser manipulado; mas un pueblo sostenido por las sólidas raíces de su cultura es invencible. El nuestro enfrentó la colonización del imperio español venciendo; pese a sus esfuerzos y tanta sangre derramada, nuestros muertos vuelven de reino de la muerte cada año. Ahora, nuevos desafíos se ciernen sobre nosotros: la amenaza del Halloween norteamericano y del gran capital ponen en riesgo la existencia de nuestras creencias más profundas. Nuestro deber es resistir.

Al final de la vida, todos emprenderemos el viaje fantástico hacia el Mictlán. Siendo así, no hay tiempo que perder. Comencemos dejando atrás nuestra existencia materialista a fin de valorar la belleza de lo que sólo el corazón puede asir. Pongamos nuestro altar para recordar a nuestros muertos; empecemos el día 27 recibiendo a nuestras mascotas fallecidas. Si no tenemos una, adoptémosla; será necesaria para transitar por los difíciles caminos que llevan al inframundo. Preparemos la comida favorita de quienes se nos adelantaron: tamales, mole, chocolate, dulces tradicionales, la lista es interminable.

Hagamos pues el Día de Muertos, que ante todo, es la celebración de la vida.

Un poco de música

En México, la influencia de la tradición del Día de Muertos también se percibe en la música sinfónica. La obra Calaveras, del compositor mexicano Eugenio Toussaint, recuerda el sonar de los huesos de una calavera al bailar. La interpretación corre a cargo de la Orquesta Sinfónica de Xalapa. Grabación en vivo realizada el 8 de abril de 2011.

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Bibliografía

[1] Facultad de Antropología de la Universidad Veracruzana. El culto a los muertos en la religiosidad popular, 2002.

[2] El altar de muertos: origen y significado en México.

[3] El ineludible viaje al Mictlán.

[4] Calaveras – Orquesta Sinfónica de Xalapa. Archivo personal.

 

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2 comentarios para “El viaje fantástico: un relato del Día de Muertos

  1. Un perro feliz y satisfecho
    30 octubre, 2018 at 5:38 am

    Maravillosa forma de transmitir lo que representa la tradición mexicana de Día de Muertos. Lo que más me gustó, es que resume todo como una expresión de amor. No lo había pensado, no obstante, ¿de qué otra manera se podría honrar a nuestros seres amados que ya se han ido si no es a través de esta extraordinaria celebración que, entre tanto, lo que decimos con ella es “los seguimos amando”? Me gusta también que sea una crítica hacia esa creciente adopción irracional de Halloween, que dista de tener el significado profundo y belleza de nuestra tradición. No es que sea competencia, es que es incomparable. Finalmente, me encantó la forma en la que el autor se expresa, se nota la sensibilidad y se transmite. Las fotos, por otro lado, están geniales y le dan un toque muy ameno al artículo: siquiera, el altar y el pan se ve que fueron hechos en casa, lo que además demuestra que la mejor manera de rescatar y conservar nuestras tradiciones es implicándose en ella, haciendo, siquiera, algunas de las partes de esta gran celebración. Muchas gracias y Felicidades.

  2. Reyna
    30 octubre, 2018 at 9:33 am

    Muchisimas gracias por un articulo tan completo y preciso. Ademas enriquecido del complemento musical que no recuerdo haberlo escuchado antes. Guardo en la memoria un comentario breve que publico (posiblemente) La Jornada hace muchos agnos sobre la diferencia que hacia una anciana de pueblo sobre “los muertos moridos y los muertos matados”.
    Por supuesto mi recuerdo no es puntual, solo estas palabras inolvidables.
    Felicitaciones por los acertados comentarios.
    Reciban un abrazo carinoso.

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