La siembra de las tortugas

Érase una vez 43 estudiantes oriundos del Lugar de las Tortugas. Su hogar era un auténtico tesoro: habitaban en uno de los últimos baluartes de la Revolución Mexicana. Ahí se formaban con ideales, se educaban de forma integral; tenían comida, hospedaje y materiales. Su mente, corazón y batalla, se forjaban a la izquierda.

Sin embargo, las tortugas cargaban sobre de sí el peso abrumador de unas circunstancias aplastantes. Ellas, que eran revolucionarias, luchaban contra corriente entre la desoladora pobreza y la desnutrición; entre el paso de una ruta comercial en donde diversos tipos de drogas se abrían camino: al paso de los años, las tortugas fueron viendo su paso corrompido por el tránsito y la generación de cuanta porquería que iba y venía de arriba a abajo y de un lado al otro.

No obstante, las tortugas, perseverantes como eran, mantuvieron por años sus principios entre la impunidad. Luchaban con diligencia hasta que, un día, todo terminó: fueron entregadas a las miserables manos de la crueldad que, de un zarpazo, les rompió el caparazón.

Por aquí y por allá resuenan los gritos de protesta. Se claman propósitos, se confiesa la fe y se cuentan las creencias de quienes impetuosos profesan su inconformidad. ¿Cuántos gritos han golpeado a esta tierra? El retumbar de las congregaciones ha atravesado las épocas: ya nomás el siglo XX ha sido el de las marchas y protestas.

“Ojalá que Dios me permita vivir en tiempos interesantes”. Lo estamos, mas ojalá que sepamos qué hacer. Cada forma de protesta es necesaria, pero las condiciones no se pueden modificar si no existe la transformación genuina de las mentes. ¿Existe la revolución sin cambiar el pensamiento? ¿Existe el cambio sin asumirse responsable del suelo que se tiene y que se quiere?.

En la toma de posesión de John F. Kennedy en 1961 en los Estados Unidos, decía: “No se pregunten qué podemos hacer nosotros por ustedes, pregúntense qué pueden hacer ustedes por este país”… No han sido pocos los momentos históricos en los que México nos ha necesitado: urge apropiarse de la responsabilidad que nos compete y asumirla con valor.

La violencia y la corrupción, en sus múltiples y sutiles aristas, sobrevive porque hemos sido partícipes de su edificación. Ningún gobierno se sustenta si no descansa sobre una base que le sea apropiada. Ningún tipo de política sobrevive si no se construye sobre condiciones sociales que le convengan.

En conocer el pasado para enfrentarse con coraje al presente y moldear el futuro tenemos que estar todos. Juntos, desde la pluralidad de las trincheras. He sido testigo de jóvenes que no pueden explicar lo qué pasó el 2 de octubre de 1968 -haga usted la prueba-, y, aun así, marchan. Y de aquellos tiempos no hubo justicia… Hay sucesos que jamás encontrarán la conformidad.

La tragedia de este país es la ignorancia, pero también lo es el olvido. Desde hace años que la televisión debió haber caducado y no lo ha hecho. Desde hace años que las televisoras debieron haber quebrado y no lo han hecho. Desde hace años que el partido tricolor debió extinguirse y no lo hecho. Desde hace años que deberíamos de aceptar nuestra pluralidad y no lo hemos hecho. Somos racistas; nos discriminamos. Desde hace años que la palabra indio debió perder su dejo despectivo y no lo hecho. Y fíjese bien, porque las tortugas tenían los rostros del México profundo.

Desde hace mucho que la educación debió convertirse en el estandarte de la lucha y no lo ha sido. Desde hace mucho más que debimos comprender que la educación depende de uno mismo: que la escuela es la vida y que los estudiantes somos todos; que la juventud sólo se mide desde la mente y el pecho y que mudas, mudas son las arrugas en la piel.

¿Por qué atribuirle a nuestro ilustrísimo presidente lo que se ha venido fraguando desde hace cientos de años? El excelentísimo era un dulce bebé cuando ya se fraguaban las bases de una poderosa maquinaria corrupta y represora. Hasta ahora, somos un país conservador. Tenemos miedo. Todavía existen quienes claman por el regreso de Díaz Ordaz. ¿Cómo es esto posible? ¿Qué idea de orden y progreso se tiene en los sesos?

Pero, ¿por quién se vota?, ¿acaso se lo hace por un personaje o, en realidad, lo hacemos por la estructura que lo sustenta? Pedir su renuncia cuando él sólo responde a los intereses de una configuración de gruesos engranajes es ignorancia, es olvido. Son los cimientos que lo sostienen los que hay que desmantelar. Esos, en los que hemos participado todos.

Pregúntese, ¿qué podemos hacer nosotros por este país? Y es que mientras la televisión no caduque; mientras las novelas se vean y los libros se empolven; mientras creamos en los noticieros; mientras no busquemos alternativas de información (que las hay); mientras aceptemos despensas por votos; mientras no votemos; mientras seamos los clientes del narco; mientras seamos presas del consumismo; mientras no procuremos la etiqueta “Hecho en México”; mientras respondamos con violencia; mientras no cambiemos el método; mientras olvidemos quiénes somos y de dónde venimos; mientras nos pase a la ligera la historia; mientras no la estudiemos; mientras no nos hagamos responsables de nuestras acciones; mientras no demos lo mejor que tenemos; mientras no aportemos; mientras no cuidemos de esta tierra; mientras no nos sintamos orgullosos; mientras no exijamos con la fuerza y el poder que sólo otorga la congruencia: mientras no asumamos con coraje que a México lo hacemos todos… Mientras tanto, este hermoso país se perderá.

Que las tortugas se siembren para renacer, más pronto que tarde, hechas millones…

mona.conmetta@gmail.com

Originalmente publicado en La Jornada Veracruz, el 28 de noviembre de 2014

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