Diálogo con la Muerte

Con amor, a Cris

Edgar Allan Poe dijo: “A la muerte se le toma de frente con valor y después se le invita a una copa”. Muerte, ven, hoy quiero invitarte a mi casa. Te abro las puertas porque tenemos que hablar. Te mentiría, desde luego, si te dijera que lo hago con valor, mas no miento al decir que lo hago de frente, conteniendo la trepidación de las fibras nerviosas que me provoca tu presencia semitransparente; semejante al carbón, penumbrosa… Nunca antes había estado junto a una entidad más imponente y poderosa que tú, a pesar de lo cual, no te invitaré una copa; soy abstemia. Si gustas, te ofrezco un poco de agua porque te veo seca…

Muerte, entidad imponente y poderosa; semitransparente, semejante al carbón, penumbrosa.

¡Ay, muerte, “querida muerte”, no me mires así! ¡Claro que te tengo miedo! Sostengo el vaso de cristal con las manos traqueteando. Estas pupilas redondas que de pronto han doblado su radio, están horrorizadas de mirarte; mientras en mis entrañas, intento digerir con torpeza los impulsos nerviosos que viajan alocadamente por mi sistema central… Sin embargo, en este extraño instante del espacio-tiempo, en donde la consciencia me exige salir de lo que identifico como “su estado normal”, tengo la indemostrable certeza de que hoy no me llevarás… Tendrás que ser valiente para escuchar a quien a todavía no le toca pero te quiere hablar.

Ven, pasa, ¡qué invitada tan excepcional! Luces unos refinados ropajes sin blancura y yo sin bañar. No tengo ganas. Ni se me ocurrió, tengo que confesar, arreglar la sala, barrer el piso, descombrar la mesa o lavar los trastes, así que me disculparás… Pero, ven, pasa, bienvenida. Por favor, no frunzas el ceño porque no te hablaré de usted sino de tú. Escúchame, porque tenemos que hablar.

No te voy a preguntar, Muerte, por qué existes. Digamos que, entre un cúmulo de datos entre la biología, la filosofía y la antropología, algo de ti comprendo. Sé, pues, que existes. Incluso siendo difícil de aceptar, sé que eres más capaz que la vasta pero efímera vida. Sólo tú eres constante y permanente como ninguna otra existencia de la creación. Eres la impermanencia, el deceso de todo cuanto ha sido, es y será. Eres para todo y para todos, tan plural como seres vivientes existen y dejarán de existir. Para mí no se trata de por qué eres, por qué estás, sino de tus métodos. Qué tipo de muerte traerás es un misterio insondable, asegurándonos una experiencia única e irrepetible en lo personal; con disfraces comunes en lo colectivo.

¿Cuántos tipos de muerte existen? A ti, que estás hoy en mi casa, te percibo como una “condición de lo posible”, asegurando muertes variopintas como si de un juego se tratase; como si el triunfo aparente recayese en cuan dispares e inopinados serán tus procederes. El problema no es en sí mismo la variedad, sino tus manifestaciones tétricas y espeluznantes para alcanzar un mismo objetivo. ¿Por qué puedes ser predecible, agradable y dulce toda vez que inesperada, violenta, ruin y sinsentido? Algunas de tus manifestaciones han cambiado la vida de innumerables seres sintientes a lo largo de los siglos, impregnándoles un sufrimiento y amargura irreparables. Todo con tal magnitud que a los protagonistas directos y a los afectados indirectos, como los que atestiguamos la forma tormentosa con la que te llevas a algunos de nuestros seres más queridos, nos transforma desde las vísceras para siempre, cambiándonos el color de la vida. Inclusive cuando todavía se puede percibir la ilimitada paleta de colores del entorno, cobran una tonalidad gris: un azul, rojo y amarillo grisáceo se combinan para colorear el universo. Cambia, asimismo, el sabor de las cosas, modificándose el estado del ser. ¿En quién nos convertiremos los que hemos sido testigos de tu crueldad? Es inevitable exhibir un sentimiento hondo de tristeza cuando decides llevarte a un ser amado desde un fórmula opuesta a la razón o al sentido elemental de compasión… Intenta uno procesar tus acciones; purificarlas, empero, existe algo que, a pesar del paso de los soles y las lunas, no puede purgarse. Ese algo se queda impreso como un tatuaje impuro, nocivo, que corroe la piel y envenena la sangre. Quizá, ahora que lo pienso mejor, la pregunta correcta debería de ser para qué

Podría comprender por qué tenemos que morir, no obstante, ¿qué otorga la brutalidad del fallecimiento de un ser sintiente?, ¿qué aporta su sufrimiento? ¿A dónde van sus gritos, su dolor, su desesperación, su miedo, su pena?, ¿en dónde se siembran y con qué propósito? Nada puede existir porque sí. Porque si ya no tengo dudas de la dimensión de tu injusticia, algún motivo habrá de tener la tortura de la que eres capaz… Si cuando alcanzamos la finitud es, en principio, igual para todos; es decir, esa porción breve del tiempo y del espacio en el que, sin importar las causas, nos desconectamos, ¿para qué la causa última tendría que alcanzar opuestos antagónicos sin excusa evidente? Desde la ternura o la perversidad; desde el sosiego o la intranquilidad; desde la serenidad o el terror… ¿Cómo vamos a morir y con base en qué elegirás el procedimiento? A seres maravillosos e inocentes te los has llevado con la falta de misericordia con la que se descuartiza a un muñeco al asumir que es incapaz de sentir, de sufrir, de llorar; y, a seres detestables, te los has llevado en la comodidad, amor y clemencia que merecen los santos. Cierto tipo de muertes son absurdas. No tienen explicación, no alcanzan una justificación suficiente; su acontecimiento es inservible, estéril, gratuito, infructífero. No traen ni producen ningún provecho; no se puede recolectar ningún fruto, por lo menos no uno saludable que se pueda ingerir y nos alimente; sino que deja frutas podridas, incomibles, imposibles de digerir, venenosas. Muerte, si el poseer desmesurada potestad te hace tirana, insensible y miserable, ¡no la mereces!

Con todo, existe una situación que me resulta más angustiosa, si se puede: ¿por qué el mundo sigue girando habiendo tantas causas de sufrimiento en el momento final? Esta mañana salí a caminar con la opresión en el pecho por la manera en la que te lo llevaste a él (mientras se lo decía, estiraba mi brazo izquierdo con firmeza para señalarle con mi dedo índice su foto en el altar). Caminaba junto a las áreas verdes viendo un sinnúmero de insectos viviendo; solo viviendo… En particular, llamó mi atención una preciosa mariposa negra con una franja anaranjada que la decoraba transversalmente, volando de una flor en otra, atravesando la maleza con diligencia… Me detuve y le pregunté: Mariposa, ¿por qué sigues volando libre y feliz cuando existe incalculable sufrimiento? Mariposa, ¿acaso el sufrimiento del resto de los seres no merma tu vuelo? Dime, por favor, ¿en qué radica tu capacidad o, será acaso que gozas del conveniente privilegio que otorga la falta de consciencia fina y profunda? No me malinterpretes, Mariposa, no negaría tu consciencia, pero, ¿hasta qué punto sus limitaciones te permiten seguir desplegando majestuosa tus alas, con ese contento como si lo hicieras en un orbe exento de todo mal?… La Mariposa siguió volando hermosa, ligera, soberana, de aquí para allá, sin decirme nada…

Habiendo terminado mi catarsis verbal, la Muerte me observó casi sin expresividad desde lo que parecía ser un rostro conformado por vapor y humo cenizo, sosteniendo con aplomo su silencio pensativo y misterioso… Después, me esbozó una grácil sonrisa que, si bien me cuesta reconocerlo por su desconcertante rareza, tenía claros signos de compasión… De repente, enderezó un poco el mentón sacándome de mi letargo y dijo:

– He escuchado reflexiones parecidas desde el origen de la existencia. Es excepcional que alguien se pregunte por la muerte con el esmero que exige la necesidad de comprenderla y actuar en consecuencia. Los mortales olvidan, o no saben, que esta es y será la experiencia inevitable más relevante al determinar cómo será su paso a la trascendencia. Preguntarse por ella parece cosa de pensadores del pasado y no de los del presente. Ignorando las preguntas que deben hacerse, andan por ahí con aires de obviedad y de sapiencia, distrayéndose con banalidades nimias hasta que los alcanzo desprevenidos; atormentados; indispuestos. ¿Sabes cuántos me han suplicado con el terror en los labios que no me los lleve? ¡Ningún pavimento de todos los templos cuantos han existido y existen, ha sostenido tantas rodillas como los azulejos de mi suelo! Seres sinnúmero suplicando, ¡no, por favor, no!, ¡no me lleves! Es la excepción quien me recibe con el estado interior que se construye cuando se ha aprendido a caminar despierto. La maleable mente humana está hecha para rozar el infinito al cuestionar sobre la cesación de todo cuanto existe, mas pocos la usan como podrían, constriñendo su capacidad hasta perderla. La gran mayoría tiende a las preguntas superfluas, evitando los cuestionamientos que, al intentar responderlos con atención plena, posan al individuo en la senda que dirige al espíritu más allá de los límites ordinarios… Ahora, yo estoy aquí, en tu casa, escuchándote. Tengo que decir que me desagradan los olores que expides como ser vivo y que me aturde el sonido que brota del bombeo de las arterias de tu corazón. Me incomoda, además, el calor que emana de tus poros, así como la humedad de tu tez, sin negar que me pareces horrible con tus mejillas rojas y redondas. No obstante, pese a que tu imagen me repugna y te veré con más gusto cuando empiece la descomposición sensual de tu materia, tus olores putrefactos me embelesen y te desprendas de tu cuerpo restrictivo, hoy no te llevaré. ¿Cómo es que lo sabes? Porque fue el saberlo con absoluta precisión, y ninguna otra cosa, lo que te dio el atrevimiento de invitarme a tu casa.

– ¡No lo sé!, le respondí con rapidez; con seguridad. “Sólo lo sé”, le dije luego. La mismísima Muerte había reconocido que yo tenía razón; ¡había dado en el blanco con mi intuición! Y, sin emitir una sola palabra o sonido siquiera, le agradecí en secreto a todos los dioses que pude recordar.

La Muerte dijo: “No soy una condición de posibilidad; soy lo que es, lo que hay. Mas no soy todo cuanto existe aunque todo cuanto exista sea impermanente.”

– Tú has dicho, continuó la Muerte, “si el segundo en el que alcanzamos el desenlace es el mismo para todos, ese santiamén en el que sin importar la fuente nos desconectamos de este estado de materia, ¿por qué las causas para la desconexión habrían de ser tan variables?” Al decir esto has encontrado la clave de la respuesta al desvelar tu propia contradicción. Mi tarea, como bien tú has apuntado sin siquiera notarlo, es simple. Por decirlo en tus propios términos, yo me encargo de desenchufar el cable que conecta a todo ser viviente a lo observable y a las entidades conceptuales irrisorias con las que describen el cosmos, descubriendo los pórticos que abren el paso a las alamedas que los conducen a otra dimensión en donde todo cuanto existe supera la conceptualización. En ese lapso indescriptible que recorren, distintos seres les ayudan a cruzar los bardos que los dirigen hasta su destino para volver a empezar… Cuando tú has dicho, “la finitud es la misma para todos”, has acertado porque me has señalado de frente toda vez que has errado al confundir la causa con el efecto.

Las infinitas causas de la muerte responden a otras entidades sinnúmero que, si bien con todas y cada una guardo ciertos grados de relación, nos divide una clara distribución del trabajo. Allá afuera existen diversas entidades participando en la colosal amalgama de objetos materiales e inmateriales que forjan sus realidades. Si bien alguna similitud tenemos, nos diferenciamos. Antes has dicho que me percibes como una “condición de lo posible”; te equivocas. Yo no soy una condición de posibilidad; soy lo que es, lo que hay. Mas no soy todo cuanto existe aunque todo cuanto exista sea impermanente. ¡Ah!, en cambio ella, ella… A pesar de que yo me vinculo con ella de un modo inexorable, no somos necesariamente dependientes. Se trata una entidad peligrosa; fuerte, latente, posible, seductora, desgraciada, temible y pérfida con la que me veo obligada a estar ligada sin remedio. Se llama Maldad. ¡Pero la Maldad y yo no somos lo mismo! Sí, he tenido que concretar las consecuencias de sus acciones en veces incalculables. Hemos obrado juntas, mas nunca en un mismo fragmento del espacio-tiempo… En ese sentido, tú has fallado al llamarme a mí.

No pude emitir sonido alguno mientras procesaba aturdida las palabras de la Muerte, tratando de comprender si algo de razón había en ellas, pensando si acaso se había desvelado mi error como quien revela una verdad evidente toda vez que escurridiza a la mente obnubilada. Como no encontré cómo contradecirla, le dije:

– ¿Me estás diciendo que debería llamarla a ella? Debería salir afuera y decirle, ¡Maldad, ven, te invito a mi casa, te miro de frente y te invito una copa! ¡Ven Maldad que tenemos que hablar!

– ¡Cállate!, me espetó la Muerte con un rugido enfurecido. Si a la Maldad invitas a tu casa te arrepentirás, me dijo con crudeza, con ella no habrá una segunda oportunidad. Con la Maldad no se puede dialogar. ¡Ella es la cualidad de todo lo malo y de todo lo injusto! Si la invitas vendrá y te devorará a pedazos con impiedad.

Apenas terminó la Muerte de hablar, me inundó una sensación de minusvalía, confusión y vergüenza; fue tan turbio el remolino que me puse a llorar como el niño que es reprendido con dureza.

– ¡Oh!, ¡humanos!, ¡humanos!, dijo la Muerte, qué desagradable es verlos llorar desde esas gelatinas acuosas y brillantes que prefiero frías e inmóviles como el vidrio. ¡Oh, humanos, humanos, interesantes humanos! A casi ninguno de ustedes les gusto yo; la mayoría me teme pero a muchos les gusta ella. Otros, entregados a su merced, laboran con decidida convicción para ella; la gran mayoría le son indiferentes; la mayoría no luchan por erradicarla. ¡Oh, humanos, humanos, confundidos humanos!, intentando evadirme a mí pero aceptándola con resignación a ella… Todo humano que ha existido, existe y existirá, ha cometido alguna acción maligna con el cuerpo, la palabra y la mente; todo humano cuanto ha existido, existe y existirá, ha hecho, hace y hará algún daño a otro ser que siente, que sufre, que vive. Y aunque es mi ocupación el que todos morirán, ninguno se librará de algún tipo de mal. ¡Oh humanos, confundidos humanos, sufren, cómo sufren, todos sufren!… ¿No ven que sus miedos y reclamos van mal dirigidos? ¡Oh, humanos, humanos!, ¿qué harán para vencer a la Maldad?

De pronto y en un movimiento repentino, la Muerte se dispuso a salir de mi casa. Se dirigió al portón flotando con lentitud cuando se detuvo de súbito. Me miró de soslayo y dijo: escúchame, llámale a la Paz y a la Bondad; reúnelas en esta habitación y pregúntales, “¿qué puedo hacer yo para combatir a la Maldad?” Ellas te dirán: la Maldad siempre ha existido, existe y existirá. La Maldad no se extinguirá, mas la supervivencia depende de hacer de todos la misión de la Paz y la Bondad. ¡Hay que luchar para erradicar a la Maldad!, dijo la Muerte apasionadamente. La Maldad no se combate con más Maldad, continuó, sino con la Paz y la Bondad. A la Maldad se le mira de frente pero jamás se le invita una copa. Por la Maldad no todos tendrán paz, bienestar y felicidad, empero, ¿no es esto suficiente para luchar?… Hace centurias el Iluminado dijo, “el mal sólo se conquista con el bien, el odio con el amor, la mentira con la verdad y la mezquindad con la generosidad”… ¡Oh, humanos, humanos, tristes y tontos humanos!, sumergidos en la superficialidad del orbe de objetos y su individualismo, incapaces de sentir la suficiente repugnancia como para combatir con toda su fuerza a la maldita Maldad! ¡Oh, humanos, humanos!, ¿qué van a hacer, pobres humanos, para destruir tanto mal?

Sobresaltada, le repliqué a la Muerte: pero, ¿cómo? ¿Qué puede hacer un diminuto mortal para derrotar a la Maldad en el minuto final?, ¿cómo puedo, con mis incontables limitaciones, reducir el sufrimiento de los seres causado por la Maldad? ¿Cómo se le combate si es inderrotable en su totalidad?

– ¡Oh, humanos, humanos, mentecatos humanos!, dijo la Muerte mientras balanceaba su cabeza de izquierda a derecha. Un día, me contó la Muerte, caminaba un monje budista sobre alguna extensa playa del planeta con un amigo, cuando descubrieron que sobre la arena compuesta por sus inagotables granos y brillos de diamante, yacían cientos de miles de estrellas de mar traídas por las olas de la corriente hacia su destino mortal. Estaban ahí, inmóviles, incapaces, sufriendo, muriendo lento calcinadas al Sol. Morir quemado es una de las causas de muerte más espantosas que existen. Al ver esto, el monje se apresuró y comenzó a tomar una por aquí y otra por allá mientras caminaba, lanzándolas al agua para devolverlas a su dicha. Al mirarlo, su amigo le dijo, “es inútil, amigo mío, tu acción no podrá cambiar nada; cientos de miles de estrellas morirán bajo los implacables rayos de luz ardiente y tú no podrás cambiar su inevitable realidad”. Entonces, el monje lo miró con delicado cariño y le dijo mientras tomaba otra estrella y la devolvía al mar: “tienes razón, querido amigo, pero para esta sí cambió…”

Y así, al grito de, ¡hasta algún espacio-tiempo y forma desconocida!, la Muerte salió de mi casa perdiéndose en su luminosa obscuridad.

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