Reflexiones pseudoaleatorias sobre los juegos olímpicos

En la víspera de la culminación de los juegos olímpicos de Río, he aquí algunas reflexiones que surgieron en un orden, al menos en parte, determinado por el azar.

La injusticia del juego limpio; ¿es correcta la intervención de la ciencia en el deporte olímpico?

 

A veces me pregunto si las justas deportivas mundiales dejarán de atestiguar el rompimiento “heroico” de las marcas impuestas por un grupo selectísimo de deportistas “excepcionales”.

Pensemos en posibles respuestas. Por un lado, si consideramos que la estructura del cuerpo humano impone límites naturales a las capacidades físicas de los atletas, la respuesta podría ser: sí, algún día dejarán de romperse; por otro, si analizamos las condiciones con las que cada atleta llega a la competencia, podríamos aventurar que tal vez, para algunos de los deportes más representativos,  ya han dejado de romperse. Permítaseme abundar en ello.

Para aquel que sea observador será claro que las marcas siguen batiéndose; también notará que los protagonistas de semejantes logros suelen (y destaco, suelen) ser atletas que provienen de países poseedores de grandes recursos económicos, científicos y tecnológicos.  En contraste, verá que aquellos que representan a los países pobres, muy poco pueden hacer sobre todo en las contiendas donde la victoria se define por fracciones de un segundo. Su último bastión pareciera reducirse a los deportes donde la resistencia física es el factor decisivo.

El ser humano sigue evolucionando, pero este proceso no es lineal ni rápido. Por ahora, nos acercamos rápidamente a un límite donde algunas de las marcas mundiales sólo pueden superarse gracias al despliegue de grandes recursos tecnológicos que buscan corregir hasta el mínimo detalle del movimiento del atleta; sólo así pueden ganarse centésimas o décimas de un segundo. Dicho de otro modo, sólo así se corre más rápido, se nada más velozmente, se salta más lejos o más alto.

En alguna época, los atletas fueron héroes; auténticos portentos naturales. Sus extraordinarias capacidades físicas les permitieron realizar proezas dignas del olimpo; hoy, sólo algunos mantienen tal dignidad. La mayoría  son producto de la ciencia y la tecnología, reflejos directos del poder del país al que representan. Para mí, no son héroes.

Es cierto. Hoy más que nunca los juegos olímpicos son un reflejo directo del estado político y económico de un país.  No es casualidad que los deportistas del imperio sean los que más medallas acumulen. Pero, ¿es esto justo? ¿Acaso los comités olímpicos no promueven el llamado juego limpio?

Creo que no. Los juegos olímpicos ya no buscan fomentar la paz, la justicia o la igualdad a través del deporte. Tras pensarlo brevemente comienza a inquietarme un pensamiento: tanto las drogas como la aplicación de la ciencia y la tecnología tienen el mismo  fin cuando se aplican al atleta; ambas buscan maximizar su rendimiento físico. Si es así, ¿por qué lo permitimos? ¿Si vemos bien un método, por qué castigamos al otro? ¿No deberíamos ser congruentes? En ambos casos, al menos tácitamente, pareciera que entendemos que de no ser por su uso no habrían más marcas mundiales, al menos no hasta que surgiera un verdadero individuo excepcional.

Si bien el debate es complejo, por ahora deseo que para el deportista vuelva la igualdad al deporte olímpico; ojalá que sean sólo sus cualidades físicas entrenadas por ojos naturales las que lo lleven a romper sus marcas, más alto, más fuerte, más rápido.

 

La glorificación del cuerpo; ¿dónde queda nuestra componente inmaterial? 

 

            Nunca antes me había parecido así, pero todo cambia. De pronto, los juegos olímpicos se erigieron como una fiesta dedicada a la glorificación del cuerpo humano, sin más.

            El cuerpo es efímero, pasajero. La vida útil de un deportista es fugaz. Entonces, por qué no dar más peso a lo que nos distingue de otros  seres vivos, me refiero a los valores que consideramos como universales y muchos de los cuales los mismos griegos defendieron.

            En el pasado, cuando llegaba la justa olímpica, los mismos señores de la guerra acordaban tregua. Había valores, principios de la moral humana que hoy se desvanecen ante el poder implacable de los intereses de aquellos que controlan el mundo. Piénselo, en la actualidad los juegos olímpicos parecieran no tomar en cuenta la importancia de la mente, de la paz, de la honestidad, de los valores humanos. Están vacíos, se politizan, se comercializan, aunque en su discurso afirman lo contrario.

            Sería maravilloso que un día los atletas fueran dignos representantes no solo de la maravilla que es el cuerpo humano, sino también de los valores más elevados que distinguen a nuestra especie. Que en sus victorias o fracasos no sólo se premiara el potencial físico del cuerpo, sino también las proezas del espíritu y la mente. Ojalá que un día, cuando los juegos se celebraran, al menos durante un brevísimo tiempo el mundo conociera la paz, la armonía y la unión.

 

La deificación del medallista estadounidense

 

            Da la impresión que la arrogancia es un mal cada vez más común entre los deportistas. Pero de todos ellos, destaca uno: el atleta estadounidense.  Sin duda, no todo es culpa suya. En parte son un medio más de la maquinaria propagandística del imperio, de la cual casi ningún país y ningún ser humano puede escapar. A través de ella, exitosamente venden la idea de que son  mejores, insuperables e invencibles. Yo pregunto, ¿mejores en qué, insuperables en qué, invencibles en qué?

            Lo más grave no es que vendan sus creencias; lo es que las compremos. Note como tras su victoria, un deportista gringo es prácticamente deificado por la prensa mundial.  Se le eleva hasta lo más alto acríticamente y se le pone como un ejemplo para la humanidad. Nada más lejos de la realidad, salvo en algunas honrosas excepciones.

            Piense por ejemplo en Michael Phelps. Más allá de su extraordinario talento físico (o quizá del extraordinario sistema de entrenamiento al que tiene acceso), en la realidad se trata de un personaje carente de calidad moral que ha sido suspendido de competencias mundiales por excesos en el consumo alcohol y quien incluso ha sido fotografiado fumando marihuana. O, por ejemplo, el caso recentísimo de Ryan Lochte y compañía, quienes con prepotencia casi absoluta faltaron gravemente el respeto al pueblo brasileño al mentir públicamente tras comportarse como auténticos vándalos en una noche de fiesta durante las olimpiadas de Río.  Si estos son los ejemplos para la humanidad, realmente creo que sería mejor que no los tuviéramos.

            Sin abundar más, no quisiera dejar de preguntarle, ¿Notó usted cuánto tiempo dedicaron las cámaras a los atletas estadounidenses en detrimento del que podían dedicar a  los deportistas de otras nacionalidades con igual o mayor talento? ¿Notó cómo la mayoría elogió que Estados Unidos ganara el medallero olímpico, al tiempo que casi nadie mencionó los logros excepcionales de delegaciones como la china? ¿Se dio cuenta de que muy pocos mencionaron el gran logro de la delegación rusa al colocarse en los primeros cinco lugar del medallero, incluso participando con un equipo grandemente disminuido?

            No es justo para los deportistas del mundo que sólo miremos a los estadounidenses. Hagamos un esfuerzo por valorarlos a todos por igual y por elevar a la gloria olímpica a quien realmente lo merezca.

 

El dopaje y la política del juego

 

            Difícilmente se puede soslayar que los juegos olímpicos de Río estuvieron ensombrecidos por la política internacional. Esta vez, como consecuencia directa de los intereses imperiales, se hizo todo lo posible por desprestigiar a la nación rusa tomando como pretexto el problema del dopaje. Sin más, en los hechos, el trato dado  a los deportistas rusos constituyó una absoluta falta de respeto a los valores mismos del olimpismo.

            El problema del dopaje es grave, pero no es exclusivo de un país. Siendo así, resulta evidente la reacción desproporcionada de las autoridades deportivas al abordar el caso de Rusia, una de las potencias deportivas más representativas del mundo actual.

            Me pregunto: ¿cómo por algunos casos de dopaje se pudo suspender a decenas de atletas, la mayoría inocentes? ¿Cómo puede justificarse legalmente que algunas federaciones deportivas afirmaran que por tratarse de Rusia no podía aplicarse la presunción de inocencia a los atletas rusos?

            ¿Por qué al encontrarse un caso de dopaje en el equipo ruso, automáticamente todos los rusos se vuelven culpables? ¿Por qué cuando el caso de dopaje ocurre en cualquier otra delegación sólo se suspende al directamente responsable? ¿Por qué el comité olímpico es tan severo con Rusia y tan permisivo con Estados Unidos?

            ¿Acaso por los antecedentes de alcoholismo de Michael Phelps se investigó a toda la delegación norteamericana? ¿Acaso el comité olímpico retirará sus medallas a Ryan Lochte y compañía debido a su grave e inapropiado comportamiento? ¿Será que exijan a la delegación estadounidense a que controle mejor a sus deportistas para evitar este tipo de incidentes? Realmente pienso que no. ¿Qué hubiera sucedido si estos personajes hubieran sido rusos? ¿Puede imaginárselo?

            La intromisión de la política en los juegos olímpicos es inaceptable. Debemos defender su independencia para evitar que estos casos se presenten en el futuro. Al final, el gran perdedor es el deporte olímpico en sí mismo, además de los atletas inocentes que ven así frustrados sus sueños de participar en este máximo evento deportivo.

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