La paradoja de Venezuela y el analista miope

Transitamos la era de las posturas extremas; una en la que la opinión pública mundial se forja mediante la dosificación sistemática de elementos de información en los que la realidad se reduce a un conjunto binario de opuestos artificialmente construidos: oscuro contra claro, bueno contra malo, estadista contra dictador. En cualquiera de las variantes, la gama de posibilidades intermedias desaparece para forzar la elección de una versión entre dos únicas alternativas. Ante semejante panorama, el grueso de la población se decanta por aquella que goza de mayor representación en los medios masivos; es decir, la que se repite más sin importar las pruebas que la sustenten [1]. Otro sector se identifica con la antítesis, al tiempo que algunos más evitan tomar una postura.

Dado un fenómeno caracterizado por dos versiones antagónicas y diametralmente opuestas, ¿acaso aquello que llamamos verdad debería buscarse, invariablemente, en el punto medio entre ambas? Aunque pudiera parecer sensato o incluso el camino obligado para el intelectual comprometido con la imparcialidad, el hecho es que no hay ninguna razón lógica que implique que la interpretación correcta yace en la bisectriz. En efecto, no se puede invalidar una postura sólo por hallarse en la posición extrema o por ser la que defiende una de las partes de un conflicto. Más aún, hacerlo implica incurrir en una falacia argumentativa. Defender el punto medio en este contexto resulta útil sólo para evitar comprometerse con una postura, y así, en apariencia, estar en el camino de la objetividad. No obstante, para invalidar una versión de un supuesto hecho hay que demostrar su falsedad partiendo de un conjunto de premisas verificables. La verdad, entonces, puede hallarse en los extremos o en cualquier otro punto, sin que su ubicación pueda definirse a priori.

La reducción de la realidad a una falsa dicotomía no sólo fuerza a elegir entre alternativas predefinidas, sino que reduce la capacidad de los individuos para establecer relaciones de causalidad. La estrategia informativa moderna busca evitar que aquello que se presenta como válido pueda ser cuestionado. Los “hechos” se exponen como eventos aislados, o bien, como resultado de causas simplistas o concatenaciones erróneas, en una sucesión vertiginosa que minimiza la posibilidad de dudar. Por otro lado, el sistema económico imperante exalta el individualismo, lo que provoca que el ser humano sea despojado de su identidad, de su conexión con el entorno, de sus raíces. Surge entonces un individuo desenraizado, desconectado del mundo e incapaz de mostrar empatía, en el que su éxito o fracaso se mide únicamente en función de los satisfactores materiales que puede acumular. Bajo este enfoque, una persona es buena o mala intrínsecamente, sin importar su pasado, presente, futuro y contexto social. El punto es que ningún ser humano puede ser explicado como entidad autónoma, como si sus gustos, aspiraciones, temores y demás aspectos de su personalidad provinieran únicamente de su interior. Por el contrario, cada persona es producto de una compleja interrelación con el entorno que lo rodea, incluidos otros individuos.

Pero no sólo los seres humanos se ven desprovistos de su identidad cultural y de su contexto histórico. Las mismas estrategias se aplican a los países, los cuales se presentan simplistamente como entidades carentes de conexión con el resto del mundo. Para analizar las implicaciones de esta forma de reduccionismo, piense en una nación como en una región del espacio geográfico, delimitada por una frontera capaz de regular toda forma de interacción con el exterior, en la que habitan individuos que se relacionan entre sí bajo el accionar de ciertas leyes. Suponga, además, que este espacio es perfectamente estudiable desde el exterior sin causarle ninguna perturbación. Para que los fenómenos sociales observables en su interior pudieran ser atribuidos exclusivamente a sus formas de organización social y económica, así como a sus mecanismos de regulación, su frontera debería ser impermeable para todo elemento, tangible o intangible, que proviniera desde las afueras de la frontera. Asimismo, su condición de impenetrabilidad debería durar lo suficiente como para garantizar la evolución temporal de las relaciones entre los individuos que se desenvuelven en él. Bajo tales condiciones, se tendría efectivamente un país aislado; es decir, un sistema social desconectado del resto del mundo en el que sería efectivamente posible atribuir los fenómenos observables exclusivamente a su propio modelo político, social y económico.

Los fenómenos sociales que ocurren al interior de un país no pueden explicarse a cabalidad sin atender al contexto histórico y geopolítico que los envuelve.

Sin embargo, de ninguna manera las naciones pueden ser tratadas como sistemas aislados. Por el contrario, sus fronteras son permeables, de modo que permiten el intercambio de individuos, materia, energía e información. Resisten la presión ejercida por los estados vecinos hasta su límite de tolerancia, pudiendo expandirse o contraerse. Reciben constantes agresiones de agentes que intentan penetrarlas, lo que las vuelve porosas. Así, un país puede reducir la permeabilidad de su frontera pero jamás volverla impenetrable. Por otro lado, la presión externa que actúa sobre ella aumenta en función de la proximidad geográfica con estados expansionistas o en crisis, así como de la cantidad de recursos naturales que contenga en su interior.

La realidad de una nación, por tanto, no puede ser evaluada sin considerar su contexto geopolítico. Hacerlo, reflexione, conlleva un gran error pues se eliminan del análisis causas fundamentales que determinan buena parte de los fenómenos sociales observados. Y, sin embargo, la constante mediática es hablar de los países, de sus gobiernos y de su dinámica social como si estuvieran libres de toda perturbación externa y condicionamiento histórico; aspecto particularmente relevante cuando se discute la situación política de las naciones latinoamericanas, inmersas todas en la esfera de influencia de los Estados Unidos.

Hacia el año de 1823, la nación norteamericana estableció la llamada Doctrina Monroe. Concebida inicialmente para oponerse a la injerencia de las naciones europeas en el continente americano, pronto dio paso a un agresivo modelo intervencionista que buscó asegurar el dominio estadounidense sobre todos los territorios de América. Las derivaciones subsecuentes de la doctrina, como el Corolario Roosevelt, dejaron clara la política injerencista del gobierno estadounidense al postular que, al interior de un país (latinoamericano), cualquier forma de “desorden” que tuviera el potencial de amenazar los intereses de los ciudadanos o de las compañías norteamericanas que operaran allí, sería causa suficiente para justificar una intervención a fin de restablecer el “orden”. La dinámica de esta intervención tendría dos etapas: en la primera, mediante el ofrecimiento de favores, dinero y protección, se actuaría sobre los líderes locales a fin de convencerlos de trabajar a favor de Washington; en caso de negativa, se consumaría la segunda etapa a través del uso de la potencia militar para forzar un cambio de gobierno.

Hay que decir que en aquellos años, México, representado entonces por el general Porfirio Díaz, fue el principal opositor a la política de Roosevelt, defendiendo la libre autodeterminación de los pueblos y manifestando el rechazo al reconocimiento o al desconocimiento de los gobiernos extranjeros. Con todo, la historia de América Latina ha sido el relato de las agresiones militares estadounidenses [2], así como de la imposición de gobiernos a voluntad [3].

Con esto en mente, es posible lanzar la mirada al caso venezolano para entender que lo que allí ocurre va más allá de las declaraciones superficiales ampliamente difundidas en los medios de comunicación. No se trata pues de un país aislado que pueda ser analizado sin atender al contexto geopolítico; no basta la interpretación somera del analista miope que todo lo achaca a un gobierno fallido. Lo que allí tiene lugar es la convergencia de un juego de poder a escala mundial, cuyo telón de fondo es la lucha por el control de los recursos naturales y la preservación de la hegemonía estadounidense.

¿Cómo un país de América Latina pudo adquirir una importancia preponderante para los Estados Unidos y los países que lo secundan, cuando comparte, en esencia, las mismas problemáticas que el resto de las naciones latinoamericanas? La razón es simple. Venezuela se volvió el foco de atención mundial porque posee las reservas comprobadas de petróleo más grandes del mundo, uno de las mayores reservorios de agua potable, así como enormes yacimientos de minerales estratégicos. Pero si esto no bastara, se trata de una nación que eligió el camino de la defensa de su soberanía, algo que en los tiempos modernos significa, sin mayor preámbulo, que las empresas al servicio del imperio no pueden sacar provecho de los enormes recursos naturales que el país posee. Asimismo, adoptó un modelo de organización socialista que amenaza directamente los intereses del capitalismo depredador al ser faro de influencia para las naciones vecinas. Cualquiera de estas razones es suficiente para garantizar la animadversión del imperio norteamericano.

Tras fracasar en la aplicación de la primera fase del Corolario Roosevelt, a los Estados Unidos sólo le queda la opción militar para forzar un cambio de gobierno en la República Bolivariana de Venezuela. Por supuesto, este nuevo e hipotético gobierno será uno que tenga como prioridad abrir las puertas del país tanto a las industrias norteamericanas como a las de aquellos países que promueven activamente el cambio del sistema político venezolano. No obstante, la concreción de esta etapa final no pude ser inmediata ya que, contrario a lo que la matriz de opinión generalizada sostiene, el gobierno legítimo de la nación bolivariana posee el respaldo de millones de ciudadanos venezolanos.

Los caminos militares que el país norteamericano puede seguir son muchos. No obstante, los principios básicos de la guerra exigen que antes de atacar militarmente a un adversario, primero hay que debilitarlo. Para ello, se han puesto en práctica mecanismos claramente identificables. He aquí algunos de los más evidentes:

  • Aislamiento del gobierno. Mediante una intensa campaña mediática al exterior del país, se construye una matriz de opinión contraria a la causa bolivariana. Apoyados en calificativos como estado tiránico, gobierno dictatorial o gobierno usurpador, la propaganda informativa pretende que la población de un gran número de países se vuelque en contra de los líderes venezolanos. De este modo, los gobiernos de los países afines a los intereses de los Estados Unidos, obtienen el respaldo popular necesario para desconocer al gobierno legítimo de la nación bolivariana y para justificar una futura intervención militar. Como objetivo final, se crean agrupaciones de naciones que en apariencia buscan ayudar al pueblo venezolano, pero que en realidad constituyen mecanismos de presión externos, como el caso del llamado Grupo de Lima.

  • Debilitamiento de la economía. Se consigue mediante una combinación de líneas de acción que operan juntamente. Se comienza por cortar las fuentes de financiamiento del estado a fin de reducir su capacidad para funcionar con eficiencia. Complementariamente, se restringe el acceso a los instrumentos internacionales de pago y se impide el comercio con terceros países mediante la imposición de bloqueos económicos. Así, el gobierno legítimo se ve en dificultades para proveer los satisfactores necesarios para la población (lo que genera descontento social), al tiempo que resulta seriamente obstaculizado para cumplir sus obligaciones internacionales como el pago de la deuda. La reducción artificial de los precios del petróleo, por ejemplo, sirvió como preámbulo para minimizar los ingresos del estado venezolano; luego, vendría el efecto devastador de las sucesivas sanciones económicas impuestas por el gobierno estadounidense, entre las que destacan: en 2014, las impulsadas por el congreso de los EUA [4]; en 2015, la orden ejecutiva del entonces presidente Obama en la que declara a Venezuela un peligro para la Seguridad Nacional de su país [5] y la ampliación llevada a cabo en agosto de 2017 mediante la que se impide al estado venezolano, entre otras restricciones, la adquisición por medio de la divisa norteamericana de alimentos y medicamentos [6]. Paralelamente, se trabaja activamente en la implementación de métodos para sabotear la actividad económica al interior del país mediante, por ejemplo, paros de transportistas, acaparamiento de bienes y la consecuente especulación encaminada a incrementar sin control los precios de las mercancías. Al final, se transmite la idea de que la causa de la crisis económica es el fracaso del sistema económico socialista.

  • Polarización de la sociedad y generación de conflictos internos. A través de una intensa campaña mediática, se modela una sociedad dividida en extremos irreconciliables. El escenario se intensifica mediante la implantación de grupos de choque encargados de generar caos en las ciudades, sensación de inseguridad e inestabilidad social. Aquí se sientan las bases para una guerra civil de larga duración.

Ahora bien, aun con el efecto de los mecanismos previamente mencionados, el escenario dista de ser idóneo para la ejecución de una operación militar. De hecho, la aspiración de todo estratega es ganar la guerra sin gastar una sola bala y para lograrlo en este caso, ha de conseguirse la fragmentación del ejército rival de manera tal que permita la activación de un golpe de estado. Una manera de conseguirlo consiste en favorecer la creación de figuras de gobierno paralelas capaces de crear confusión. Es así como entra en escena la figura de Juan Guaidó, un personaje antes irrelevante que ahora se erige como el supuesto líder de la oposición venezolana. Autoproclamado presidente encargado y reconocido por los gobiernos subyugados por los Estados Unidos, ha servido para dar un rostro a las intensas campañas de presión contra la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB), tal como revela el reciente espectáculo de la “ayuda humanitaria” que a la fuerza pretendía ser introducida al territorio venezolano y la consecuente explotación de los pocos casos de deserción registrados al interior del ejército bolivariano.

Pero para invadir militarmente a Venezuela también ha de garantizarse el dominio de los territorios colindantes, requisito que a la fecha ha sido cubierto en su totalidad. Colombia, país ubicado al este del estado venezolano, alberga nada menos que siete bases militares estadounidenses plenamente operativas. La frontera sur, por su parte, ahora se encuentra a disposición del ejército norteamericano gracias al gobierno proimperialista encabezado por el actual presidente brasileño Jair Bolsonaro. Al oeste, yace el territorio en disputa de la Guyana Esequiba, donde se manifiesta nuevamente la presión del Reino Unido. Hacia el Mar Caribe, los Estados Unidos dominan el campo marítimo a partir del control de diversas islas que en la práctica funcionan como gigantescos portaviones.

¿Significa esto que es inevitable la invasión militar? No, de ninguna manera. Pero sí constituye un serio llamado de atención hacia la grave situación a la que se enfrenta el pueblo venezolano por causa de la injerencia norteamericana. No obstante, hay que decir que las medidas impulsadas por el gobierno estadounidense no han tenido el éxito que pretendían. Pese al monopolio informativo, los grupos de solidaridad con Venezuela surgen en todo el mundo, al tiempo que la información alternativa se abre camino a través de canales no convencionales como las redes sociales o los medios no alineados. El experimento de la ayuda humanitaria fracasó en su esfuerzo por escindir al ejército venezolano; paradójicamente, vino a demostrar la gran cohesión al interior de la FANB, así como su alto grado de preparación y disciplina. El bloqueo económico tampoco ha impedido que Venezuela establezca relaciones comerciales con Rusia y China, entre otros países. Y, quizá lo más importante, la presión impuesta al pueblo venezolano no ha logrado reducir significativamente el respaldo popular al gobierno del presidente Nicolás Maduro, lo que refleja la existencia de sólidos principios ideológicos que dan sustento y capacidad de resistencia al pueblo revolucionario.

Lo que es indudable es que los Estados Unidos no cejarán en su intento por derrocar al gobierno legítimo de la República Bolivariana de Venezuela. Pese a los contratiempos sufridos, es de esperar que antes de proceder a una intervención militar abierta, intenten consumar la fragmentación del ejército venezolano o al menos asegurar su debilitamiento. Para ello, buscarán provocar conflictos internos o arrastrar al país a una guerra de desgaste contra grupos paramilitares infiltrados desde Colombia, siempre con el riesgo latente de un conflicto militar abierto con esta nación vecina. También resulta previsible un recrudecimiento de las sanciones económicas, así como una marcada reactivación de los intentos por polarizar al pueblo, siempre con la intención de provocar un enfrentamiento civil a gran escala.

El personaje de Guaidó seguirá siendo relevante, al menos por algún tiempo. Pese al franco debilitamiento de su figura, aún puede ser usado como un agente de provocación. Su detención, por ejemplo, podría dar lugar al casus belli tan ansiado por los Estados Unidos. Ahora bien, en este punto hay que notar que no hace falta una guerra abierta para que los norteamericanos puedan concretar sus objetivos. Si mediante el establecimiento de un gobierno paralelo (con reconocimiento internacional parcial), o a través de una guerra interna que divida al país en zonas de influencia, logran asegurarse los recursos naturales de Venezuela, no será necesario el derrocamiento de Maduro ni de su gobierno. En este escenario, el objetivo último será la división de la nación venezolana siguiendo un modelo de balcanización. Las zonas vulnerables son precisamente los estados que albergan las riquezas naturales, así como los centros de extracción y refinamiento del petróleo.

Así, por ejemplo, aun cuando los Estados Unidos no consiguieron el derrocamiento del presidente sirio Bashar ál-Asad (gracias a la oportuna intervención de Rusia), lograron forzar, al menos durante algún tiempo, el saqueo de enormes cantidades de petróleo a través de la extracción ilegal perpetrada por el llamado Estado Islámico y los mercenarios al servicio del país norteamericano. Asimismo, en fechas recientes, consiguieron cerca de 50 toneladas de oro como botín de guerra [7]. Por ello, bien vale la pena recordar la experiencia de las primeras etapas del conflicto sirio, ya que exhibe grandes similitudes con el estado actual de la situación venezolana. En ese entonces, la Liga Árabe jugó el papel de la OEA; los Amigos de Siria fueron el análogo del Grupo de Lima y Burhan Ghalioun el símil aproximado de Juan Guaidó. El resto es la historia del sufrimiento del pueblo Sirio; años de guerra, destrucción, muerte y desolación.

En Venezuela se juega entonces la soberanía de los pueblos de América Latina; aquí se escribe el destino de los países que transitan la senda de los ideales de justicia social. También la de aquellos que luchan por la defensa de la naturaleza y el uso racional de sus recursos naturales. No se trata entonces de un problema de dictaduras o de gobiernos fallidos, sino de un juego geopolítico encaminado a preservar la hegemonía los Estados Unidos y la subsistencia de sus instrumentos de control. El desafío al dólar estadounidense, el regreso del patrón oro, el surgimiento de monedas digitales como el Petro capaces de sortear las sanciones arbitrarias impuestas por un poder imperial, la incursión de potencias como Rusia y China en el continente americano (territorio históricamente controlado por los norteamericanos), así como la lucha entre el socialismo y el capitalismo, son sólo algunos elementos que explican lo que allí ocurre.

Para aquellos que claman por la intervención militar estadounidense, debe ser claro que las bombas no distinguirán entre chavistas y opositores; causarán la pérdida de decenas de miles de vidas inocentes por igual. Sobrevendrá la destrucción del país, de su infraestructura, de su cultura y de la esperanza de un futuro mejor. Tal cual fueron los casos de Libia, Irak o Siria, la muerte será el denominador común en una pesadilla que parecerá interminable. Con sus matices, surgirá un Consejo Nacional de Transición que se aprestará a entregar los recursos nacionales a las empresas extranjeras, tal como el que en Libia, tras el derrocamiento de Muamar el Gadafi, concedió a las empresas francesas el 30 por ciento de la producción petrolera del país [8]. Si la Venezuela soberana cae, también lo hará la esperanza de transformación de los pueblos latinoamericanos históricamente oprimidos; la ideología socialista de una sociedad igualitaria será reprimida no sólo por las balas, sino también por los métodos atroces que la historia chilena atestiguó. Seguirán entonces Nicaragua, Cuba e incluso México [9].

Hoy, defender a Venezuela es defender la paz en el mundo, la soberanía de las naciones y su derecho a la libre autodeterminación.

Bibliografía

[1] https://politicaconciencia.astrosmxsftp.org/sobre-la-verdad-venezuela-y-otros-mitos-parte-i/

[2] https://www.voltairenet.org/article125406.html

[3] Venezuela, la misma receta neoliberal

[4] https://www.treasury.gov/resource-center/sanctions/Programs/Documents/venezuela_publ_113_278.pdf

[5] https://obamawhitehouse.archives.gov/the-press-office/2015/03/09/fact-sheet-venezuela-executive-order

[6] https://www.treasury.gov/resource-center/sanctions/Programs/Documents/13808.pdf

[7] https://mundo.sputniknews.com/oriente-medio/201903011085813512-militares-estadounidenses-se-llavaron-50-toneladas-de-oro-sirio/

[8] Baños, Pedro. Así se domina el mundo. Desvelando las claves del poder mundial. Ed. Ariel, 2018.

[9] Sobre la situación política de Venezuela

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2 comentarios para “La paradoja de Venezuela y el analista miope

  1. Emiliano Saade
    5 marzo, 2019 at 8:36 pm

    ¡Qué interesante artículo! Es increíble cómo nos han inculcado la observación de la realidad a través de una reducción dicotómica de la misma; o es negra o es blanca, la escala de grises ni siquiera está contemplada y, por ende, ni siquiera la concebimos; nadie nos dice que el mundo se parece más a una escala de múltiples colores y que de ninguna manera se semeja a un tono bicolor. No obstante, me queda claro, gracias a este excelente artículo, que existen razones de peso, para aquellos que “dominan el mundo” o para la oligarquía, para que comprendamos el mundo sólo con dos colores, que, normalmente son, como bien se expone aquí, opuestos. Es terrible constatar, una y otra vez, la manera en la que reducen nuestra capacidad de reflexión al mínimo; si no es que básicamente la eliminan. Además, me parece crucial esta situación en la que solemos ver los sucesos que ocurren en el mundo como “hechos aislados”, como dice el autor, pese a que es EVIDENTE que tienen una historia, una razón de ser, un contexto que las explica y, en muchos casos, las justifica. Estoy seguro de que nadie se preocupa por conocer el contexto histórico, político y cultural, por decir lo menos, de Venezuela, sólo juzgamos lo que vemos hoy, pues, gracias a la reflexión que pude hacer de este artículo, ni siquiera tomamos en cuenta los meses o el par de años anteriores. Tenemos que defendernos de esta aniquilación sistemática de nuestra capacidad humana de RAZONAR. Felicidades al autor.

  2. Reyna
    13 abril, 2019 at 7:57 pm

    Todos los articulos que he leido en Politica ConCiencia me parecen excelentes. Espero que llegue a muchos lectores mas pues estan muy bien documentados, invitan a la reflexion y aclaran mucha informacion ausente en la mayoria de otras publicaciones.
    Gracias.

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