Fe en la ciencia

Probablemente mucha gente en el mundo confía en la ciencia y la usa como una guía, como un faro que le muestra el camino. Es una gran herramienta y una fiel aliada que nos permite ampliar nuestros conocimientos sobre el mundo y sobre nosotros mismos. Tal vez no me equivoque si afirmo que la mayoría de las personas que conocen el concepto confían en ella, creen en sus postulados y afirmaciones, establecen certezas y basan su seguridad sobre este gran cimiento del conocimiento humano. En este sentido, aceptar lo que dice constituye un “acto de fe” dado que no es posible que “cualquiera” corrobore las afirmaciones que presenta. Aun cuando una persona esté altamente entrenada para realizar investigación científica en un área específica del conocimiento, no podrá ser capaz de corroborar lo que sus colegas afirmen en otras áreas: si soy un físico de partículas, no contaré con las herramientas para corroborar lo que mi colega en el área de la microbiología está haciendo; deberé realizar un “acto de fe” y creerle. Incluso formando parte de la misma disciplina, con frecuencia no es posible hacer las corroboraciones por diversos motivos, desde limitaciones en el ámbito práctico, es decir, que no se cuente con los recursos necesarios, hasta que no se tenga la disposición para hacerlo. En este último caso, el “acto de fe” es nocivo para la ciencia pues se limita el número de revisiones independientes que se realizan. Entendamos pues por “acto de fe” a la acción de confiar o de tener en buen concepto [1] el trabajo de los demás, su ética y sus buenas intenciones.

Este “acto de fe” se vuelve todavía más evidente cuando los estudios científicos son puestos a disposición de la gente que no se dedica a la actividad científica o que no cuenta con la formación especializada necesaria para comprenderlos. Sucede entonces que el conocimiento científico, que por lo general es de carácter provisional, es aceptado sin pasar por un tamiz crítico, es decir, se cree con “fe ciega” pues la mayoría de las veces, no se cuenta con el entrenamiento que permita distinguir entre lo que es una especulación, una hipótesis, una evidencia científica, una teoría o una opinión, especialmente cuando viene de un especialista. Cuando esto sucede, se generan fanatismos, lo que es muy evidente en las redes sociales de nuestros tiempos. Se observan grupos pro-ciencia y grupos anti-ciencia que son intolerantes ante la sola idea de no tener la razón y que no pueden soportar que se les presenten estudios que refuten sus ideas o creencias; se generan conflictos, ira y hasta deseos de “quemar vivo” al “oponente”. Así de destructivo es el fanatismo, aun si es en relación a algo que consideramos positivo, como la ciencia.

¿Por qué creemos con tanta fe en la ciencia, ya sea que se cuente con una formación científica o no, que dejamos de cuestionar si lo que se presenta es cierto o falso? ¿Por qué olvidamos cuestionar a la ciencia o a sus principales actores? Posiblemente, la respuesta esté en la definición misma y en la idea que ya nos hemos hecho de ella: es un método “infalible”.

¿Por qué creemos con tanta fe en la ciencia, ya sea que se cuente con una formación científica o no, que dejamos de cuestionar si lo que se presenta es cierto o falso?

La actividad científica

Revisemos lo que por consenso entendemos por ciencia. Si se busca en un diccionario común, se encontrará que la ciencia es un “conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente”[2]. Esta es una definición que a todas luces es limitada, pues deja fuera a un gran número de áreas que no pueden realizar experimentos. Además, no contempla las múltiples realidades que engloban al quehacer científico, al menos, al que está presente en el mundo de hoy. No hemos de olvidar algo fundamental: La ciencia es una actividad humana, creada por humanos y ejercida por humanos, por lo que lleva consigo el germen humano. Con todo, es común que se diga, se piense y se crea que contamos con el mejor método diseñado por la mente humana para identificar las verdades sobre la naturaleza, los grupos sociales, la vida, el universo y todo. En cualquier caso, las cosas no se han hecho tan mal como para presentar como verdaderas afirmaciones que luego resultaran ser falsas y que a su vez tuvieran consecuencias catastróficas ¿cierto?

Pues no tanto. Precisamente la ciencia está llena de historias en las cuales se creyó que algo era de una forma y que, con el tiempo, resultó ser de otra; ya sea como resultado del proceso natural de esta actividad, siempre en constante desarrollo, o por la corrupción de sus métodos de autocrítica. Así, pueden hallarse numerosos casos, en diversas áreas, que muestran cómo se han afirmado ciertas ideas que con el tiempo fueron corregidas, pues surgieron nuevas y mejores investigaciones o técnicas. Por ejemplo, hubo un tiempo en el que se afirmó que los genes determinaban nuestro destino fisiológico, es decir, que en ellos estaba escrito, entre otras cosas, qué enfermedades desarrollaríamos como adultos. En contraste, en la actualidad se considera que esto no es así; los genes actúan como una “semilla”, generan una propensión, pero es el entorno, el ambiente físico, mental y emocional el que al final determina que dicho gen se manifieste, que la “semilla germine”. Otro ejemplo se encuentra en una sustancia llamada “talidomida”, un calmante o sedante creado por los científicos de la compañía farmacéutica alemana Grünenthal GmbH [3] que se presentó como una “panacea” para evitar los malestares durante el embarazo, lo cual llevó a su uso indiscriminado. Al poco tiempo se hicieron evidentes los problemas en los niños nacidos de madres que lo usaron, ya que presentaban malformaciones congénitas [3, 4]. En la actualidad se conocen bien los efectos secundarios de esa sustancia y sólo se administra bajo ciertas circunstancias. Ejemplos peores son aquellos en los que se dieron por válidos resultados que se pusieron en duda desde el principio, pero cuyas revisiones críticas llevadas a cabo por grupos independientes de investigación, lo que en la jerga se llama “revisión por pares”[5], no fueron permitidas por razones políticas y económicas (corrupción). Un caso representativo es el de la gasolina con plomo. Por décadas se libró una batalla en la arena científica; científicos influenciados por el poder económico y político defendieron la inocuidad del plomo, usando el instrumental de la ciencia (“no hay evidencia de que el plomo sea tóxico, por lo tanto, es seguro de utilizar”) para refutar las objeciones de aquellos que intentaban mostrar la toxicidad de dicha sustancia. Mientras se lograba acopiar la suficiente evidencia para comprobar el daño que provocaba a la salud, los intereses económicos y políticos de las empresas que se beneficiaban de la venta no se tocaron, simplemente continuaron con su producción, ignorando toda advertencia de peligro. Al final, cuando se demostró el daño provocado por el plomo, ni siquiera hubo consecuencias significativas para las empresas involucradas; simplemente adoptaron una nueva norma y legislación [6]. Las víctimas silenciosas de la contaminación por plomo quedaron en el olvido. De hecho, es hasta fechas muy recientes, para ser más precisos, en el año 2021, que se logró erradicar el uso de este elemento químico en las gasolinas del mundo [7].

Casos como el de la gasolina con plomo son gravísimos; el mal uso que se le ha dado a la ciencia es preocupante. Entonces, es mentira que sea independiente de las personas o del sistema económico, político o social. No se libra de los intereses económicos por el simple hecho de que este tipo de economía se basa en el uso del poder y la corrupción; no hay que olvidar que el conocimiento es poder. Sin embargo, si no se ejercen presiones sobre los distintos grupos de científicos, si se le permite, la ciencia cuenta con los mecanismos de autocorrección que la mantienen en constante crecimiento y descubrimiento. Es tan hermoso lo que se puede lograr con ella que nos ha permitido conocer nuestro lugar en el universo.

La ciencia es una actividad humana que se va construyendo, poco a poco y con la colaboración de numerosas mentes. No existe un método científico, sino muchos métodos.

El “método”

La ciencia se va construyendo, poco a poco y con la colaboración de numerosas mentes. No olvidemos que es una actividad humana, creada por humanos, con los problemas que ocasionamos los humanos. La parte positiva es que, pese a esto, es posible superar los obstáculos, lo que permite que haya avances. Gracias a los múltiples métodos que usa la ciencia, contamos con múltiples caminos por seguir. Y es importante hacer hincapié en la palabra “múltiples” pues como tal, no existe un único método científico, lo que se tiene es un conjunto de ellos. Los que usa la historia no son necesariamente adecuados para la psicología, para la astrofísica o para la química. El estudio del pasado tiene sus propios métodos, así como los tiene el estudio de la mente humana, o de los astros completamente intangibles y con los que no es posible experimentar de manera directa. Cada ciencia genera los suyos.

Por lo tanto, podemos decir que no, no contamos con un método infalible. Es un conjunto de métodos que pretenden trazar un camino hacia la generación del nuevo conocimiento, cada uno con sus aciertos y dificultades. Todo esto inmerso en la realidad humana, en la civilización misma, en un contexto económico y cultural. La ciencia no es ajena a la realidad humana, está hecha por humanos y por lo tanto, está sujeta a los condicionamientos tanto emocionales y mentales como a los políticos y económicos.

El camino de la formación científica

Empecemos por hacer notar la imperfección de la ciencia al verla desde la realidad de la vida misma, las dificultades que los humanos presentamos por el simple hecho de estar vivos, con características únicas e irrepetibles, y que generan que esta labor pueda verse beneficiada o afectada. No son pocos los casos de investigadores cuyas vidas acaban rápido, ya sea por enfermedad física o mental (debido al estrés o los malos hábitos), incluidos los suicidios. Aunado a esto, son abundantes (si no es que son mayoría) los casos de los estudiantes de posgrado que nunca llegan a ser contratados para realizar la labor para la que el Estado y el sistema educativo los ha “preparado” debido a la “alta competitividad” de estas disciplinas (nótese que, alta competitividad está entre comillas). Es común que las personas con una elevada formación académica padezcan de severos problemas emocionales y económicos al no poderse integrar a las filas del sistema de investigación; dejan de sentirse valorados por sus semejantes, pudiendo llegar a creer que no han sido suficientemente capaces de lograr el objetivo de trabajar en su sueño. Requieren del apoyo familiar o social para subsistir pues en ningún otro lugar es fácil insertarse debido al alto grado de especialización y a la dificultad para encontrar sueldos que estén en concordancia con su nivel educativo. El Estado ha formado seres humanos altamente preparados y los ha tirado a la basura. Los pocos que logran insertase en el sistema, posiblemente agotados a nivel mental y emocional, padeciendo diversos grados de depresión por el proceso de “formación” vivido, podrían no ser las personas más equilibradas ni las más aptas para ejercer esta profesión. Lo que nos conduce a revisar con cautela los problemas que se generan en todo un sistema que lleva realimentándose por generaciones.

Iniciemos por reconocer el ambiente científico que experimenta una persona que se inicia en este camino, el que se experimenta en los institutos de investigación que es más o menos el mismo, independientemente de las áreas del conocimiento a las que nos refiramos, ya sea en las ciencias sociales o en las naturales, en física, astronomía, biología, química, filosofía, historia, psicología o educación. Se tienen ciertas pautas, se han generado ciertos hábitos, tradiciones y rituales, se siguen ciertas reglas tácitas.

El estudiante de posgrado se apunta a sus asignaturas, toma clases, presenta exámenes donde se le califica qué tanto pudo memorizar o “aprender” sobre lo que otros han hecho en el pasado. Se le incita a involucrarse en la investigación, por lo que lee artículos científicos, los analiza, los desmenuza, deduce ecuaciones (en el caso de las ciencias naturales), hace presentaciones ante la clase y concluye con una serie de afirmaciones que, por regla general, concuerdan con las del autor estudiado. En el mejor de los casos, dedica tiempo (si las otras asignaturas se lo permiten) a revisar más autores para contrastar los resultados e incluso, si corre con algo de “suerte”, encuentra en su búsqueda a otros que presentan estudios que refutan al artículo que dio origen a la tarea. En este caso, cuando el alumno presenta sus hallazgos, los profesores suelen tomar posturas “abiertas” del estilo: “En efecto, el grupo de Fulano trabaja en ello, pero aún está por verse, por lo pronto, usaremos los resultados de Mengano”. Esto evidencia un problema relevante: el sesgo.

Debemos tomar conciencia sobre un hecho que es básicamente aplicable a todo estudiante: desde el primer momento está sujeto al pensamiento, las ideas, los dogmas y las creencias de sus maestros. Dado que la ciencia es una actividad humana, no se libra de este “vicio”. La gente en formación confía en sus mentores, sigue una línea de investigación trazada por los mismos y realiza su trabajo basándose en los de su director de tesis o del grupo del cual forma parte. Cuanto mejor ser humano sea su guía, mejor será su formación a nivel integral y no sólo en el área científica. Esto es determinante para la vida académica del alumno, especialmente si termina siendo el “hijo académico” de una figura de amplia trayectoria y poder, o lo que en la jerga se llamaría una “vaca sagrada” . Si el mentor no está dispuesto a ser criticado, nunca permitirá que sus subalternos piensen por sí mismos, no será posible contradecirlo ni mucho menos podrán sobresalir, sino por el contrario, se encargará de erradicar esta desagradable competencia que podría poner en riesgo su trayectoria y reputación. Además, si el tutor no posee una ética elevada, incluso podría llegar a presentar como suyos los trabajos de sus alumnos. Las historias detrás de esta realidad lastimosa, no son pocas; seres humanos somos y vicios insertamos en el quehacer científico. Así, desde el inicio, cada alumno aprenderá lo que le enseña un maestro o un grupo de ellos, por lo tanto, se generará un sesgo en el conocimiento. No es común, pero existen aquellos que combaten este sesgo desde el mero principio de su formación, lo que implica un mayor compromiso, osadía y valor.

De alguna forma se sabe, en menor o mayor medida, que se requiere de perseverancia y determinación para lograr nuestros objetivos, pero en el caso de un posgrado de esta naturaleza resulta particularmente indispensable. Para obtener un grado académico de este nivel es necesario dedicar cuantiosas horas de vida y mucha concentración. Mas sobre todo, se requiere de un temple de acero cuando el trabajo del estudiante es puesto ante el escrutinio de “sus mayores”. Esta es una de tantas tradiciones de los ambientes académicos que revela otro problema sustancial: el juicio.

El trabajo de investigación al que un alumno le ha dedicado un gran número de horas de su existencia es leído, corregido y modificado por aquellos considerados como expertos en la materia. Este es un ritual por el que todo alumno de posgrado debe transitar: pasa por el enjuiciamiento de un grupo de especialistas. Por desgracia, es común que los expertos ni siquiera dediquen el tiempo adecuado para realizar una correcta lectura, para alcanzar el entendimiento profundo del trabajo, para poder hacer una evaluación imparcial, sino que realizan lecturas someras, superficiales, que a su entender, les permitan emitir un juicio suficientemente certero. Constituye un juicio y no una evaluación pues, en los hechos, está sujeto a todo el marco teórico de quien evalúa y no sólo a la revisión de datos y hechos. Es juicio porque no sólo se limita a evaluar los conocimientos sobre el tema, sino que también se involucran las creencias e ideas personales del revisor. Por ejemplo, se toma en consideración la trayectoria del tutor principal, si tiene cierto prestigio, si está o no en conflicto con el evaluador, si el alumno está terminando a tiempo o si se ha retrasado en sus entregas, si hizo lo esperado, fue aplicado, dócil, amable o si ha dado problemas, fue rebelde, incumplido, incompetente y un sinfín de calificativos. Puede suceder que los evaluadores interpreten mucho más que lo que se dice en el trabajo llegando así a conclusiones erróneas, especialmente si los planteamientos pueden estar sujetos a la interpretación, lo que podría generar fuertes críticas al trabajo por no haberse hecho de la manera en la que el evaluador hubiera considerado “correcto”. El proceso de evaluación puede llegar a ser muy complicado y tortuoso, o muy simple y directo. Por lo general, si el enjuiciado hizo lo que todos los demás esperaban de él, superará sin mayor problema este desafío. Por el contrario, si pusiera en duda las fuentes en las que se basa, las cuestionara fuertemente, realizara críticas, hiciera planteamientos novedosos o inclusive si se atreviera a desafiar las correcciones hechas por los evaluadores, posiblemente se vería inmediatamente atacado o incluso silenciado por aquellos que consideraran que este tipo de actitudes no tienen cabida dado que no posee la autoridad suficiente como para cuestionar al “experto” ya que es tan sólo un estudiante en un muy bien estructurado sistema “educativo”, lleno de egos e intereses personales. Por supuesto que hay casos en los cuales el tutor principal e incluso otros evaluadores defienden la habilidad del alumno y el hecho de que éste es el verdadero experto, justamente quien ha realizado la investigación.

Continuando el análisis del proceso formativo de los científicos, inmersos en esta tremenda realidad de la vida humana y del sistema educativo imperante, ahora imagine que el alumno logra superar los retos intelectuales y emocionales de la tradicional titulación. Se enfrentará entonces al reto de publicar sus hallazgos ante una comunidad internacional, bastante más amplia y “diversa” que la que, en principio, le dio su formación. ¿Recuerda que más arriba se nombró a la acción de evaluar al alumno como un “juicio”? Esto no cambia cuando se trata de evaluar artículos científicos. La diferencia es que por lo regular, las evaluaciones se hacen de forma anónima, lo que reduce la posibilidad de que se generen presiones innecesarias entre evaluadores y evaluados, aunque no desaparecen. Desafortunadamente, esta “diversidad” no es tan amplia como podría esperarse ya que, también a nivel internacional se forman grupos y “bandos”, las líneas de investigación suelen entonces estar muy bien demarcadas; los investigadores se conocen y se protegen, de manera que ampliar los círculos a los que pertenecen no es sencillo, al punto de que las propuestas distintas que generarían líneas de investigación alternativas suelen ser rápidamente excluidas debido a una falta de apertura o incluso de visión por parte de quienes evalúan; no se cuenta con suficientes árbitros aptos para valorar temas novedosos (nuevos enfoques o ramas científicas). En este escenario, la complejidad de la labor científica se multiplica por millones… de pesos (o dólares).

Sobre el sistema de investigación

Aquí entran en juego las dificultades políticas y económicas. No hay que olvidar que se sigue analizando el proceso de formación de los científicos, la cual no es ajena a todas las partes que conforman nuestra realidad. Los sistemas nacionales de investigación que comparten información sobre los trabajos que realizan, están sujetos a diversas políticas de financiamiento. Al margen de los ya bien conocidos intereses y presiones externas al ambiente académico que suelen darse en áreas como la petroquímica, la de producción de alimentos o la farmacológica, existen grupos de poder incluso dentro de la academia que hacen todo lo posible por evitar que nuevas voces, investigadores con desarrollos propios, tengan cabida. Es tal el adoctrinamiento de los estudiantes, que incluso éstos empiezan a creer en el sistema, haciéndose parte de él: tienen que hacer publicaciones en revistas “de alto impacto”, desean y necesitan recibir bonificaciones debido al mérito y competencias, se trabaja por tener ejércitos de estudiantes que realicen las investigaciones que les permitirán poner su nombre en los artículos para garantizar el número de publicaciones necesarias con el fin de mantener el financiamiento y crear grupos de trabajo donde siempre se les incluya aún cuando no hayan sido partícipes de la investigación. No hay que olvidar que sin dinero no hay ciencia. De esta forma, se generan grupos de poder y grupos de trabajo, los cuales sacan provecho de una fuente permanente de “esclavos”, como dirían algunos investigadores de alto prestigio, reclutando constantemente estudiantes de posgrado con el objetivo primario de cubrir los requisitos de un sistema de producción creciente de artículos en el cual se gana más cuantos más artículos se publiquen; incluso, los institutos de investigación reciben más presupuesto cuantos más estudiantes titulen. Esto genera diversas contradicciones, que son inherentes al sistema de investigación. Se necesita un flujo permanente de estudiantes pero no hay modo de contratarlos a todos. Debido a que el sistema político y económico de los países que hacen investigación bajo este esquema no admite una expansión infinita del número de puestos de trabajo, la mayoría de estos estudiantes nunca llegará a formar parte del reducido, selecto y cerrado nicho de investigadores. En un sistema justo, a mayor número de estudiantes egresados de los posgrados, se incrementarían en igual número los puestos de trabajo para recibirlos. Esto no sucede ni sucederá mientras el sistema de investigación no esté en concordancia con un sistema económico más justo, con objetivos de desarrollo a nivel nacional en los que la ciencia forme una parte esencial. La exigencia inicial de cubrir un número de artículos publicados al año como indicador del nivel productivo, genera un sistema injusto y evidentemente insostenible. Grandes exponentes de la ciencia como Albert Einstein, Werner Heisemberg o incluso más modernos como Peter Higgs, no serían “competitivos” [8] en el actual mercado de la ciencia pues publicaron muy pocos artículos. Estas formas modernas de proceder se aceptan sin cuestionar, incluso por los mismos alumnos que luchan y se desviven por conseguir un puesto de trabajo. Pese a los problemas evidentes, se siguen teniendo “actos de fe”. La gente confía en el sistema en el que está inmerso. En consecuencia, nada cambia, todos se alinean y quienes no, quedan fuera muy pronto. Y eso no es todo, todavía no se ha mencionado el problema mayúsculo con el sistema vigente para la publicación de artículos científicos, una verdadera joya del capitalismo.

Sobre el sistema de publicación de artículos

Ya se ha expuesto que el proceso de formación de un científico es largo y emocionalmente demandante. El de contratación, en pocas palabras, solo es una realidad para un puñado. Por lo tanto, habrá un gran número de científicos (esto es cierto, tristemente, a nivel internacional) sin un puesto de trabajo en un instituto de investigación. Pero, el que quiere, puede ¿cierto? En estricto, cualquiera puede trabajar desde casa, continuar con su labor científica (incluso por altruismo y sin salario).

En realidad, no. Aún suponiendo que la gente pudiera hacerlo porque no necesita de un salario para subsistir, porque de alguna manera ya tuviera resuelta su vida, si una persona con formación científica intentara continuar esta labor desde su hogar se toparía con incontables dificultades. Presuponiendo además que su trabajo de investigación no requiriera de material especializado como lo son los equipos de laboratorio, supercomputadoras, observatorios astronómicos y semejantes, el acceso a las “revistas de alto impacto” no es gratuito, por el contrario, es costoso (constituyen un negocio) y no basta con suscribirse a una. Publicar en estas mismas revistas también suele ser caro, decenas de miles de pesos mexicanos (cientos de dólares) en ciertos casos, lo que provoca una realimentación del sistema cerrado y altamente privativo. Sólo unos cuantos, los que están dentro de los institutos de investigación que procuran pagar las suscripciones a las revistas que utiliza su personal, podrán continuar con relativa “comodidad” la labor para la cual fueron entrenados. Tristemente, quienes quedaron bien adoctrinados, incluso aquellos que no han logrado formar parte del selecto grupo de investigadores contratados, no aceptarán la idea de que es posible generar revistas científicas libres, incluso cuando esta idea les beneficiaría; no imaginan que la comunidad científica sea capaz de invertir tiempo en participar en un proyecto que no les generará ningún tipo de beneficio directo, ya sea económico o, por lo menos, curricular. Ser árbitro en una revista de alto impacto también tiene sus recompensas. Al final, se acaba encerrado en la rueda del hámster, en un sistema que se realimenta a sí mismo y que no se cuestiona. Regresamos al “acto de fe”, en este caso, en el sistema, en las “autoridades”, tanto por parte de la gente que se encuentra adentro como de la que se encuentra afuera, luchando por entrar.

Uno de los principales postulados de la ciencia es cuestionar a la autoridad. Si no estamos logrando que los niños, los estudiantes, la gente, cuestione a la autoridad, la ciencia no está logrando su principal objetivo.

El postulado más importante de la ciencia

Todo lo hasta ahora visto forma parte de “hacer ciencia”. Inicia con la formación especializada en los posgrados (aunque debería iniciar en la infancia) y continúa con el ejercicio de la profesión. La ciencia es una tarea humana, hecha por humanos, con vicios, no es ideal, no es perfecta. Los “actos de fe” en la ciencia se vislumbran a lo largo y ancho, a escalas diferentes. Todo esto conlleva severas implicaciones que se vuelven expansivas. La educación formal se basa en “actos de fe”: en el maestro, en el experto, en las autoridades. Aunque en principio tendría la función de generar seres humanos mejor informados, más capacitados y con mente crítica, se puede caer en actitudes de adoctrinamiento constante que tendrían el efecto de generar sociedades incapaces de cuestionar a todos los actores de la vida, especialmente a aquellos que mantienen el statu quo. Uno de los principales postulados de la ciencia es cuestionar a la autoridad. Si no estamos logrando que los niños, los estudiantes, la gente, cuestione a la autoridad, la ciencia no está logrando su principal objetivo. Si el sistema educativo se basa en las figuras de autoridad más que en el cuestionamiento de las mismas, estaremos fracasando sistemáticamente y, de alguna forma, está sucediendo.

Poca gente cuestiona incluso sus propias decisiones: ¿por qué estudié lo que estudié?, ¿por qué me casé (si te casaste) o por qué tuve hijos (si los tienes)?, ¿por qué compro tales o cuales objetos?, y en el caso de las nuevas tecnologías que están superando incluso a los poderes de las naciones violando la privacidad de los ciudadanos, la gente pocas veces se pregunta ¿por qué uso Meta (Facebook)?, ¿por qué hago llamadas por Whatsapp?, ¿por qué hago videoconferencias por Zoom? Si todos ellos te usan, ¿por qué no usas alternativas libres? [11, 12] No es común que se cuestionen los avances y las nuevas tecnologías, la gente simplemente se limita a usarlas. Muy pocos cuestionan las pautas que impone la sociedad consumista: estudia para que tengas un buen trabajo, te cases, tengas hijos y pagues cuantiosos servicios por el resto de toda tu vida. Nuestro sistema educativo, de inicio a fin, aunado al sistema económico, nos mantiene girando en la rueda del hámster; hemos olvidado cuestionar, hemos aprendido a creer. Pero creer en cierta medida no es nocivo, creer es parte de nuestro ser espiritual y nos conecta a nivel emocional; creemos en la bondad y en el amor. Creemos en la existencia de las virtudes humanas y eso nos da fortaleza. Incluso creer en el médico puede ser benéfico para la salud; el efecto placebo es una realidad humana. El peligro no está en creer o tener “actos de fe”, sino en cómo lo hacemos.

Tener o no tener “actos de fe”

En cierta medida y bajo ciertas circunstancias es necesario y hasta saludable tener “actos de fe”: confiar en quienes han estudiado y dedicado su vida a un tema en particular, pero no por eso deberíamos dejar de cuestionar. Será importante mantener un sano escepticismo, uno con el cual podamos generar la confianza en los métodos que hemos desarrollado para adquirir nuevo conocimiento pero que nos permita dar paso a estudios alternos que planteen escenarios diferentes. Será imprescindible tener plena conciencia de que, lo que es una realidad o una verdad el día de hoy, podría dejar de serlo el día de mañana, que quienes encontraron esa verdad pudieron haberse equivocado o que no se tuvieron las condiciones para obtener mejores resultados. Incluso habría que estar abierto a la idea de la indeterminación, a que algo no se sepa, a que se tengan grupos que afirmen una cosa y grupos que afirmen otra y vivir con esa dualidad hasta que se resuelva; ejemplos de esta situación sobran.

Pero eso sí, nunca será lo mismo creer, confiar, tener “actos de fe” informados, con una mente entrenada y crítica que es capaz de discernir entre la información que posee evidencias y la que no, entre las que están basadas en estudios serios y las que no, que tener “actos de fe ciega”, con mentes completamente desinformadas e incapaces de distinguir entre qué significa tener datos o evidencia y qué son simples planteamientos, mitos, hipótesis o una mera opinión. Hemos de evitar caer en el error de la “fe ciega”, aun cuando consideremos que es por algo positivo como la ciencia, ya que nos conducirá a fanatismos e intolerancia, formas en las cuales se manifiesta el facismo.

Pongamos de ejemplo a los diferentes países en donde las autoridades e incluso los mismos ciudadanos imponen la vacunación a sus connacionales. Los vacunados (que supuestamente ya están protegidos) se aterrorizan de encontarse cara a cara con un no vacunado (que de acuerdo a su lógica es un manojo de infecciones andando) cuando que, si en verdad confiaran en la vacuna que se inocularon, les debería tener sin cuidado el contacto con un no vacunado e incluso con un infectado. Este doble rasero que consiste tener “fe” en la ciencia (me vacuno para estar protegido) y a la vez tener actitudes contradicen esa “fe” (miedo al contagio) al condenar a quienes no se “alinean” (actitud facista) se explica con facilidad porque la persona realmente no entiende los alcances y limitaciones de un avance científico, lo que a su vez no le permite darse cuenta de las contradicciones en las que incurre cuando hace uso de la información. La realidad del ejemplo de las vacunas es que, en algunos países se está obligando a la gente a vacunarse incluso cuando ya hay evidencia que sugiere que la vacuna no está solucionando el problema de los contagios; se ha observado que las poblaciones con mayor tasa de vacunación son, de hecho, las que presentan mayor número de contagios [9, 10]. Los gobiernos no están entendiendo los alcances y limitaciones de las vacunas y están tomando decisiones que no solucionan el problema, todo ello en el marco de las presiones del sistema económico mundial. Por lo tanto, no basta con tener las posibles soluciones, hay que aprender a identificar las mejores e implementarlas. De ser necesario habrá que cambiar la estrategia y buscar nuevas soluciones, tal como lo hace la ciencia; la evidencia ilumina el camino, sólo se requiere voluntad para andarlo.

Quiero cerrar esta reflexión pidiéndole al lector que no se retuerza como “Satanás en agua bendita” al leer en la misma oración dos vocablos que suelen no ponerse juntos: ciencia y fe. No es un “pecado capital” que la ciencia requiera de actos de fe pues al final confiamos, al final creemos, al final tenemos fe en ella. Trabajemos juntos por generar mentes críticas, que lo cuestionen todo, especialmente a la autoridad en la cual se incluye a la ciencia y a todo el sistema educativo, desde la escuela en la más tierna infancia hasta los posgrados. A la par, será de gran importancia generar corazones que sean amables y compasivos. Que se impulsen valores que permitan que la gente esté en paz con la idea de no tener la razón, que el hacerse consciente de no saber algo sea un motivo de crecimiento, de aprendizaje, y no una razón de vergüenza, culpa o castigo. Que se fomente la búsqueda de explicaciones alternativas y no que sean motivo de guerra y censura; que exista la apertura suficiente para dar paso a la noción de que todo es posible, incluso cuando nos parezca “descabellado”. Favorecer el respeto a las formas de pensamiento que son distintas a la nuestra pues la diversidad es incluso una condición necesaria para la supervivencia de la especie, es la manifestación de nuestra riqueza. Finalmente, grandes avances han salido de “ideas locas” y de no pocos “actos de fe”.

Agradezco a todas las personas que inspiraron esta reflexión y de quienes además tomé fuentes de información. Gracias a la gran comunidad de Mastodon que permite intercambios respetuosos y procura espacios de gran crecimiento personal e intelectual.

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Bibliografía

[1] Tercera acepción de la RAE: “Confianza, buen concepto que se tiene de alguien o de algo. Tener fe en el médico.” https://dle.rae.es/fe?m=form

[2] https://dle.rae.es/ciencia

[3] https://es.wikipedia.org/wiki/Talidomida

[4] https://medlineplus.gov/spanish/druginfo/meds/a699032-es.html

[5] https://es.wikipedia.org/wiki/Revisi%C3%B3n_por_pares

[6] https://www.bbc.com/mundo/noticias-40582316

[7] https://www.unep.org/es/noticias-y-reportajes/comunicado-de-prensa/el-mundo-pone-fin-la-era-de-la-gasolina-con-plomo-y

[8] https://www.theguardian.com/science/2013/dec/06/peter-higgs-boson-academic-system

[9] https://www.reuters.com/world/europe/omicron-spike-most-vaccinated-german-state-heralds-nationwide-surge-2022-01-07/

[10] https://coronavirus.onu.org.mx/oms-alerta-por-aumento-de-contagios-aun-en-paises-con-altos-indices-de-vacunacion

[11] https://politicaconciencia.astrosmxsftp.org/la-libertad-en-el-mundo-del-software/

[12] https://politicaconciencia.astrosmxsftp.org/las-implicaciones-de-la-verdadera-libertad/

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2 comentarios en «Fe en la ciencia»

  1. Me imagino que muchos se están revolcando como “Satanás en agua bendita”. Considero tu artículo muy amplio y que refleja la experiencia de alguien que ha estado dentro de la ciencia, lo cual lo hace más valioso. Das una panorámica muy amplia respecto a lo que pasa desde adentro y sobre todo subrayas lo más importante, que es que la ciencia no es infalible y que necesita de tiempo para corroborar sus presupuestos. Enhorabuena por artículos así. Espero que sea ampliamente leído y discutido como merece una reflexión así.

    1. Hola Vicente,
      Muchas gracias por tu comentario. Si, de verdad espero que más gente pueda reflexionar sobre esta actividad humana tan importante, especialmente me interesa que la gente vaya generando una mente crítica que no “crea” con facilidad, que cuestione, sobre todo a la autoridad. Las elites son lo que son porque lo hemos permitido y para hacer cambios es importante todo este cuestionamiento del “statu quo”. Saludos y de nuevo gracias.

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