La mujer no existe

El Día Internacional de la Mujer conmemora el papel que ésta ha desempeñado en el desarrollo de los pueblos. Su festejo se remonta a 1911 en Europa; y fue hasta 1977 que la ONU proclamó el 8 de marzo como el Día Internacional por los Derechos de la Mujer… Siendo un paso importante, poco, a veces nada, ha cambiado; pero, ¿por qué? ¿Qué es eso de ser una mujer? He de confesar que, casi sabiendo lo que hacía, comencé por La Real Academia Española (marzo 2015).

Desazón sería escribir todas las representaciones que encontré; mas subrayo la que se encumbra como la más relevante: prostituta. Lo demás versa así: que posee determinadas cualidades; casada con relación al marido; quien es fuerte, resuelta y atrevida; quien tiene las cualidades consideradas femeninas por excelencia; criada de la casa; quien se ocupa de los quehaceres domésticos; quien cuida de su familia; aquella cuyo poder de atracción amorosa acarrea fin desgraciado así misma o a quienes atrae; la que es valorada exclusivamente por su belleza o atractivo sexual; la de cortos talentos e instrucción; la de poca habilidad, sin vigor ni resolución; la que llega a ser madura y responsable de sus actos; con quien se contrae matrimonio; quien tiene valor y fuerza moral…

Según la RAE, un hombre es un ser animado racional; varón que ha llegado a la edad adulta; individuo que tiene las cualidades consideradas varoniles por excelencia, como el valor y la firmeza; hombre de honor y de tesón; marido; el mediador en los actos de conciliación; el que tiene entereza y serenidad; el que sigue la carrera de las armas o profesión militar; el que es puntilloso; el que tiene presencia e influjo en la vida social; el que es persona de gran talento, instrucción y habilidad; el que es valiente y esforzado; quien tiene destacadas cualidades varoniles, como la fuerza…

Sucede, sin embargo, que ninguna de las asunciones es convincente. ¿Usted podría decir una sola característica que no se pueda encontrar en el otro? Notará, pues, que no existe algún juicio que pueda adjudicársele a uno o al otro que sea exclusivo. Siendo el caso, ningún concepto atribuido superará el análisis crítico y minucioso: lo que suponga de uno lo encontrará en el otro, ya que las percepciones son superfluas y artificiales; sólo son construcciones.

No hay una valoración entre ambos conceptos que le otorgue un sentido de verdad a uno y se lo quite al otro. Por otro lado, existen particularidades biológicas que, por lo que me ha enseñado la profesión y la experiencia (si me permite recurrir a dichos cotos), representan, apenas, la ínfima parte de lo que es el ser humano: no lo determinan.

Comenzábamos el 2015 con una noticia internacional encomiable: luego de nueve meses de que la Suprema Corte de la India emitiera el histórico veredicto en el que aceptaba a la comunidad transexual como un tercer género, Madhu Bai Kinnar ganaba la alcaldía de la localidad de Raigarh tras imponerse en las elecciones. Paradójicamente, la comunidad homosexual mantiene su estatus de criminales.

Pensé, ¿cómo referirse a Madhu Bai Kinnar entonces? ¿Es un hombre, una mujer, un transexual, un homosexual o, quizá, algún híbrido compuesto de partes inexplicables por el “fallo de la naturaleza”? Cualquier respuesta es injustificable. Kinnar no representa la devaluación humana. Kinnar es parte de la vastedad; Kinnar es un ser humano.

Acto seguido, recordé la frase “los hombres y las mujeres somos iguales.” Creo, no obstante, que esto es un error al admitir dos conceptos contrarios en la forma en la que describimos la realidad. Wittgenstein, uno de los filósofos más importantes del siglo XX, argüía que “los límites del lenguaje son los límites del mundo”. Si vemos el mundo a través de dos conceptos distintos, se enfatizan las diferencias etimológicas y, con ello, las simbólicas… Por el simple hecho de ser personas, nadie puede ser igual a otro; pero ello no justifica las tipologías: los seres humanos no son etiquetables.

Por el contrario, asumir que los hombres y las mujeres valemos lo mismo porque somos seres humanos, esos entre los cuales compartimos la singularidad toda vez que la pluralidad; esas que son de humanos mas no de géneros o prototipos, podría cambiar el tinte con el que comprendemos el mundo. A bocajarro, sólo existen los seres humanos.

En los años 70’s, Harvey Bernard Milk, fue el primero en asumir un cargo político en los Estados Unidos, aún habiendo declarado su homosexualidad en una sociedad conservadora. Sus preferencias sexuales eran irrelevantes; lo trascendente era su visión política. Empero, la oposición observó el tipo que se le había atribuido. Era un ser humano, pero se creyó dentro de una tipología como si eso valiese más que su propia humanidad. ¿Por qué? Enfrentáronse así los pros y los contras; pero ambos adolecían del mismo absurdo: confrontar los rótulos, las etiquetas, los artificios… Ello terminó con su asesinato en 1978 y, convertido después en mártir, hoy representa un icono para la lucha homosexual; no obstante, ¿por qué no simboliza una bandera a favor de los derechos humanos?

Ser “feminista” o “machista” implica un extremo que se consume así mismo al conservar la desigualdad desde el lenguaje y los símbolos. Hombres o mujeres, o el concepto que se quiera creer, no tienen sentido de propiedad que los haga permanentes, incuestionables o estáticos. Cualquier etiqueta mantiene los conflictos entre los unos y los otros, desgastando el intelecto en un vil e inútil intento por mostrar quién es “mejor” o “peor”; quién es el “malo” o el “bueno”, el “sano” o el “enfermo”… Desde hace mucho que dejé de creer en los hombres o en las mujeres; sólo creo en los seres humanos; en su pluralidad… Convencerse de que valemos lo mismo porque somos humanos; unos que, bien o mal, hemos forjado, en conjunto, a la humanidad, podría inducir el entendimiento recíproco de una forma que lo haga realmente indiscutible. Después de todo, sólo somos seres humanos, ni más ni menos.

Originalmente publicado en La Jornada Veracruz, el 23 de marzo del 2015

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