La muerte propia

La tradición de Día de Muertos, más que tener que ver con dioses o con religiones, se relaciona con los valores de una nación. Como en toda cultura, hay valores que deben de mejorarse, otros que urge cambiarlos y hasta eliminarlos; no obstante, existen otros que son de tal grandeza, que su pérdida implicaría el empobrecimiento cultural y espiritual de un pueblo entero. Este es el caso de Día de Muertos.

Aun sabido lo anterior, la globalización, particularmente la industria del entretenimiento estadounidense, tiene como uno de sus proyectos eliminar la diversidad para imponer al mundo una sola cultura, la suya, destruyendo la pluralidad humana para homogeneizar todas las expresiones a su imagen y semejanza, haciéndonos creer que sus sistemas de valores son la mejor manera de concebir el cosmos, la vida y la muerte. Empero, es falso.

El Día de Muertos es una celebración de la vida. ¿Por qué preferir la idea de lo monstruoso, de lo terrorífico, por sobre los valores de una tradición donde prevalece un más allá colorido, amable, cálido y afectuoso? La preservación de esta bella tradición, patrimonio cultural inmaterial de la humanidad, depende de nosotros. Vayamos pues a fomentarla.

¿Qué justifica abandonar una tradición con profundos valores emocionales, espirituales, familiares y culturales, por otra que fomenta el sentido de la muerte como lo espantoso (Halloween)? ¿Por qué abandonar una costumbre que alimenta una idea del más allá colorido, alegre, feliz y pacífico, por otra en donde nuestros seres queridos se convierten en lo maligno, horrible y descarnado, con el objetivo de torturarnos mientras dormimos para arrastrarnos hasta el infierno? Dejar perder nuestros valores es una sandez que se comprende sólo desde la ignorancia, así como de una penosa falta de dignidad. La misma UNESCO (Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura), a partir del 07 de noviembre de 2003, declaró al Día de Muertos que se celebra en México, Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, por lo que es responsabilidad de todos elevar a gran auge y dignidad lo que nos es culturalmente inherente por su inconmensurable valor.

Recuerdo las palabras que me dijo un cercano: “si viniera mi padre a verme alguna vez, bajo ninguna circunstancia podría creer que lo haría para espantarme o hacerme daño.” “Yo tampoco lo creo”, le respondí. Es cierto que ni usted ni yo sabemos qué nos depara el destino luego de una muerte incierta en su forma, no obstante, segura en su acontecer. Sin embargo, podría afirmarse que morir bajo la concepción de la finitud como lo infernal, cruel y vengativo, no parece enriquecedor al espíritu. Ver a la muerte como lo temible por su supuesta monstruosidad, es incomparable con la concepción que asume el respeto a sus ancestros por ser lo bueno que vuelve, lo que conserva el amor, lo que nos cuida y lo que nos espera dichoso en el otro plano.

Es difícil luchar contra la ignorancia y más aun en contra de la globalización por sus formas masivas de penetración constante, aunque no es imposible, toda vez que existen luchas que merecen la pena hacerse, por lo que es de la incumbencia de cada uno de los que consideramos lo anterior como verdadero, conservar nuestros principios de la mejor forma posible: poniendo en práctica la tradición sin flaquear. Ponga su altar, infórmese al respecto, compre en los mercados los ajuares tradicionales, procure a los comerciantes locales, no lo haga nunca en las transnacionales; si sabe hacer los alimentos y enseres que adornan el altar, hágalo usted mismo y enseñe a otros; no haga “combinaciones culturales” absurdas e inexistentes; háblelo con amigos y familiares e insista; registre el proceso, compártalo; si le sirven textos como éste, difúndalos; recuerde a sus seres amados con consideración; sea consciente de la propia muerte y la de los demás; vea el valor de lo nuestro y espere, con convicción, que la partida, sea cuando sea que tenga que llegar, sea alegre y amorosa, asumiendo el privilegio venturoso que tenemos de una conexión eterna con lo más querido desde el más allá.

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