Donald Trump y la paradoja del ganar perdiendo

La democracia, ese concepto tan mancillado por su repetición acrítica, carece de existencia en el sentido excelso de su significado.  Lo que existe, en el mejor de los casos, es una aproximación imperfecta a un ideal que, aunque alcanzable, permanece en el ámbito de la utopía simplemente por contraponerse con los intereses de aquellos que lo controlan todo. Para esos pocos que ostentan el poder, no es más que una ilusión con la que ha de alimentarse al pueblo con el único fin de someterlo. Se trata pues de una arma sutil y seductora capaz de destruir toda barrera ideológica que se oponga a los fines de la minoría.

En su calidad de instrumento de control, la democracia es el sacrosanto ideal norteamericano; es con él que justifican ante el mundo la destrucción de naciones enteras, de sus pueblos y sus representantes. Juntamente con la mentira, constituyen sus armas más poderosas. Pero, ¿qué pasa cuando en el pueblo estadounidense ocurre un despertar que lo impulsa a cambiar el cauce de lo que se asume como consumado?  En ese caso, la democracia debe morir; el desafío a lo establecido resulta imperdonable. Y haciendo gala de un chocante cinismo, se busca entonces destruir aquello que durante décadas sirvió para imponer a los siervos del sistema.

Cuando al cierre de un mitin, Donald Trump declaró que sólo aceptaría los resultados electorales si resultaba ganador, los medios masivos poco tardaron en calificarlo como un ser antidemocrático, perverso, berrinchudo en el mejor de los calificativos; lo mismo dijeron de los que le prometieron lealtad. En ese contexto favorable para la clase dirigente, no se paraba de elogiar al sistema político estadounidense afirmando que, aunque complejo, se trataba de uno de los más democráticos del mundo. Pero su gusto duró poco.

Tras el cambio de la marea, los supuestos defensores de la democracia se negaron a aceptar el triunfo de Trump. Imposible, dijeron. No podemos tolerarlo; no podemos permitirlo, corrieron las voces. Clinton, con visibles dificultades, admitió tardíamente su derrota. Llamó tibiamente a la cordura, para después desaparecer, al menos en lo aparente, de la escena política del momento. Pero sus huestes permanecieron en pie de lucha. Los medios masivos se volcaron contra Trump, pronosticando un catastrófico derrumbe de su país. Luego, haciendo uso de los mismos métodos con los que promovieron las llamadas revoluciones de colores en los países árabes, se propusieron engrandecer las marchas de algunos miles de individuos inconformes con los resultados, ignorando a los millones que con una encomiable actitud democrática los asumieron estoicamente.

Después, lo impensable. Atrás quedaron las alabanzas para el sistema político estadounidense. Para los mismos medios que lo elogiaban, ahora representa una entidad ineficiente, obsoleta e inservible. La razón: Hillary, la representante de los grupos poderosos, encabeza el voto popular directo. Así, sin recato, conciencia o moral, se volcaron a la tarea última de generar una revuelta; una masa crítica de personas inconformes capaz de intimidar al Colegio Electoral que elegirá al futuro presidente de ese país en diciembre próximo.

En esta cambiante realidad provocada por el influjo de los medios, se impuso la idea de que el verdadero vencedor de las elecciones es Hillary Clinton, pues es ella y no Trump quien obtuvo más votos directos. Pero, ¿acaso Donald Trump pudo “ganar perdiendo”, como se diría simplistamente? La respuesta, como veremos, es que esta forma de enfocar los acontecimientos encierra una paradoja; una mentira destinada a destruir la verdadera voluntad popular. Veamos por qué.

El sistema electoral del país norteamericano no está construido sobre la base del voto popular directo. Esta simple premisa nos imposibilita para afirmar que la otrora candidata pudiera ser la vencedora. Para ganar la contienda, los candidatos, en el marco de las reglas impuestas por su propio sistema electoral, deben hacerse con el mayor número de votos electorales, los cuales se obtienen dependiendo de los estados ganados y del número de ellos. Luego, el sufragio directo determina únicamente al candidato triunfador en un cierto estado; carece pues de utilidad el voto que acumulen en toda la nación. Estas son las reglas del juego, parte esencial de la democracia. Es a través de ellas que debe analizarse la victoria o la derrota de los contendientes.

Figura 1. Cuando se les representa sin favoritismos, los datos muestran que el voto popular directo se distribuyó aproximadamente en partes iguales en torno a los dos candidatos presidenciales principales. Fuente de los datos: http://cookpolitical.com/story/10174

Gráfico 1. Cuando se les representa sin favoritismos, los datos muestran que el voto popular directo se distribuyó aproximadamente en partes iguales en torno a los dos candidatos presidenciales principales. Fuente de los datos: http://cookpolitical.com/story/10174

Pensemos ahora en términos de la representación popular con la que goza cada candidato. Globalmente, Hillary Clinton obtuvo aproximadamente 1,158,800 votos más que Donald Trump, lo cual significa que sólo un 0.9% del total de votantes (unos 123 millones) la prefirió sobre su oponente republicano. En otras palabras, la población votante no mostró en los hechos una abrumadora preferencia por Hillary, siendo más apropiado decir que se dividió en dos bandos aproximadamente iguales (Gráfico 1).

En contraste, Trump ganó en el 60% de los estados que componen a la nación norteamericana (Gráfico 2); por consecuencia, también obtuvo 306 votos electorales (contra los 232 de Clinton). Dicho de otro modo, cuando se analiza el voto popular diferenciado por estado, que es lo que importa en el marco del sistema político estadounidense, se evidencia que el candidato republicano posee una amplia ventaja sobre su rival político más cercano.

Ahora bien, de los 13 estados considerados como decisivos para ganar la presidencia, Donald ganó el 61.54%; Hillary el 38.46%. Ello significa que en los territorios definitorios, el esquema propuesto por el republicano resultó ser más atractivo para la población que el expuesto por la demócrata.

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Gráfico 2: Donald Trump ganó en la mayoría de los estados que integran a la nación norteamericana.

Por último, considere que los 30 estados en los que Trump resultó victorioso representan un 70.8 % de la superficie total de los Estados Unidos (Gráfico 3). Por consecuencia, los ciudadanos que lo apoyaron se encuentran distribuidos en una porción de territorio mucho mayor que aquellos que respaldaron a Hillary. Estos últimos, por su parte, se concentraron en las zonas altamente pobladas del país, regiones que por supuesto exhiben una realidad social, política y económica muy diferente a la de las zonas con menor densidad poblacional.

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Gráfico 3: Los 30 estados donde Donald Trump resultó victorioso representan el 70.8% del territorio estadounidense.

La verdad está ahí, esperando por nosotros. En el contexto del sistema político estadounidense, Donald Trump es el legítimo ganador. Curioso es que aquellos que lo criticaron por poner en duda la aceptación de los resultados, son justamente los que dieron la espalda a la democracia; son los mismos que ignoraron los hechos cuando G. Bush se impuso a A. Gore.  Dispuestos a destruir su  país con el único fin de mantener intactos sus intereses, han elevado un claro mensaje: el juego recién comienza.

Con todos los medios a su alcance, buscarán implantar matrices de opinión que favorezcan a Hillary; intentarán eliminar su sistema electoral, como ya ha propuesto la senadora californiana Barbara Boxer, y tratarán de presionar al Colegio Electoral mediante revueltas supuestamente legítimas, pero avivadas desde los grandes medios de comunicación. Que sea claro para todos: el autodenominado país defensor de la justicia y la libertad es, en los hechos, la antítesis de la democracia.

4/5 (2)

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1 comentario para “Donald Trump y la paradoja del ganar perdiendo

  1. Mon
    26 noviembre, 2016 at 8:58 am

    Me choca! Me pareció un artículo buenísimo y muy esclarecedor, pero eso de las estrellitas me jugó en contra, quise poner cinco pero cuando iba en tres se marcó sin posibilidad de corregir. Habría que tener la opción de corregir.
    Pasando a lo más importante, comprendo que uno de los sistemas democráticos más complejos de entender es el estadounidense. Precisamente, quizá, porque porque “se gana perdiendo”. Desde que somos niños nos han enseñado una idea de democracia simple y vulgar: quien tenga más votos gana. Pero esto poco tiene que ver con un sistema justo. Es por eso que aunque las papeletas estén manchadas de sangre no importa, el voto vale, y eso ha propiciado una serie de porquerías en nombre de la democracia impensables.
    Por otro lado, es muy interesante cuando se ve de esta forma el sistema democrático de los estadounidenses. En repetidas ocasiones he escuchado que ni los mismos gringos entienden su sistema: ¿por qué un estado “vale más que otro”? Quizá es lo que falta responder, si es que es esa la pregunta correcta.
    Por lo demás me queda claro que quien gana abrumadoramente es Trump, pero, como no era el candidato del sistema se han vuelto locos. Pero ha ganado no sólo legítimamente, sino de una forma contundente. Lo que yo más destacaría del pueblo estadounidense, televidente por excelente, no se haya dejado arrastrar por un bombardeo mediático pocas veces visto en la historia reciente. Tan no se creyó lo que los poderos facticos les dijeron que tenían que creer, que Trump ganó. Eso es darle un golpe a la cara a los poderes fácticos y lo que demuestra que es el pueblo quien manda, no ellos. En ese sentido, mucho le falta aprender a México.

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