De la reelección y otros demonios

En México hay temas que son indiscutibles. Sea por su naturaleza incómoda o por su calidad de “verdades” incuestionables, son prácticamente inabordables sin importar la perspicacia del enfoque que se elija. Constituyen tabúes que, al permear el tejido social, se han convertido en los pilares de la idiosincrasia nacional. Cual dogma político o religioso, quien osa cuestionarlos se enfrenta, en mayor o menor medida, al descrédito, a la censura, a la exclusión o a la categorización mediante etiquetas descalificatorias. Y, sin embargo, como todo aquel que lucha por su emancipación, la sociedad mexicana está llamada a destronarlos.

Durante décadas, la política nacional se ha desarrollado bajo el paradigma maderista del sufragio efectivo y la no reelección. De pertinencia indiscutible en su momento, la realidad geopolítica del mundo contemporáneo plantea la necesidad de revisar no sólo su vigencia, sino también la interpretación que históricamente se ha hecho de él. Esta revisión, debe ser claro, no implica su descalificación a priori, sino un ejercicio intelectual para determinar, mediante el análisis honesto, su aplicabilidad en la época moderna.

Como primera aproximación, dividamos el postulado maderista en sus premisas constitutivas. El sufragio efectivo explicita la necesidad de contar con un sistema político en el que el voto, herramienta mediante la cual el pueblo ejerce su soberanía, sea efectivamente capaz de hacer valer la voluntad de una mayoría cuando ésta opta por los líderes que habrán de representarla. Dicho de otro modo, exhorta al reconocimiento del pueblo como el máximo poder político de la nación (la soberanía reside en el pueblo), al tiempo que exige a los gobernantes en curso (especialmente al presidente de la república) el respeto irrestricto a la voluntad popular expresada en las urnas. El llamado a la no reelección, por su parte, busca no sólo impedir la perpetuación del presidente en funciones, sino garantizar la existencia de alternativas reales al poder político imperante, las cuales deben ser susceptibles de ser elegidas por el pueblo a través de una elección libre de coerciones.

Para redondear la comprensión de tales premisas, hemos de recordar algunos elementos que caracterizaron al momento histórico en el que fueron enunciadas. En la no tan distante época de Madero, la incipiente nación mexicana había conocido ya las consecuencias de un sistema político en el que el poder recaía, esencialmente, en un único individuo. Tras 35 años de gobierno del general Porfirio Díaz, era claro que las elecciones presidenciales servían como una fachada tras la cual se garantizaba su continuidad al frente del gobierno (no discutimos aquí las razones, justificables o no, de por qué sucedía así). En tal escenario, para que un candidato pudiera ganar la elección presidencial, se debía garantizar la validez del voto popular; es decir, del sufragio efectivo. Pero aun con esta garantía, restaba lidiar con la hiperconcentración del poder en el presidente de la república, así como con la falta de instituciones independientes capaces de favorecer un ejercicio democrático imparcial, libre de coerción. Siendo las cosas de este modo, era de importancia crucial evitar que el presidente (Díaz) tuviera la opción de reelegirse. Con la premisa de la no reelección, se abría un camino real para que las alternativas auténticas al sistema imperante conquistaran el poder, o al menos en teoría lo era así.

Con el transcurrir del tiempo, las contradicciones afloraron. La historia subsecuente al heroico esfuerzo de Madero es, en términos simples, un relato sobre la lucha atroz por el poder teniendo a la traición como telón de fondo. No sin reflexionarlo a profundidad, hay que reconocer que desde ese momento hasta la actualidad, se fracasó al intentar aplicar la premisa del sufragio efectivo en muchas de las elecciones celebradas en el país; ciertamente, los fraudes electorales aparecen continuamente en nuestra historia, protagonizando episodios lamentables en los que la soberanía del pueblo fue gravemente vulnerada.

Y en cuanto a la no reelección, hay que decir que también se falló grandemente. Quienes ejercen el poder, salvo honrosas excepciones del pasado y del presente, tienden a desplegar un esfuerzo continuo por asegurar su permanencia. Con tal motivación, pronto lograron superar las limitaciones impuestas por la premisa de la no reelección. Como hemos visto, ésta se centró en impedir la continuidad de un individuo, pero jamás contempló la posibilidad de que el auténtico poder pudiera operar, intacto en lo profundo del estado, sin importar el paso de los años. Bastaba, pues, con variar la imagen del máximo gobernante (presidente de la república) para transmitir la idea de un cambio real; la sustitución de una marioneta por otra sería suficiente para aparentar, ante nacionales y extranjeros, la existencia de una sólida democracia en acción. En el pasado, ciertamente el poder lo encarnaba un individuo; hoy, de ninguna manera es así. Y no lo es no sólo por la existencia de una división real de los poderes federales, sino también por la innegable presencia de un Estado Profundo (entendido como el conjunto de individuos, familias, corporaciones, empresas, farmacéuticas, complejos militares e industriales, instituciones de crédito, fondos monetarios, etc., que, alejados del aparato mediático, ejercen un poder sutil e implacable, capaz de doblegar, o al menos condicionar, a los gobiernos nacionales). En síntesis, fue así como se inventó al partido de estado perpetuado en el poder, que ostentó el control absoluto de la vida política del país durante décadas; fue así como se creó la alternancia en la que se podían cambiar las siglas del partido gobernante, sin tocar jamás al verdadero poder en lo profundo; fue así como se inventó la dictadura perfecta.

Zócalo de la CDMX. Ceremonia de entrega del Bastón de mando. Si efectivamente la soberanía recae en el pueblo, entonces no hay posibilidad de que un gobernante ejerza el poder sin el consentimiento popular. Esa es la mejor defensa contra cualquier forma de abuso del poder.

Pero la reflexión puede llevarse más lejos. Imaginemos un sistema político en el que se hubiese podido implementar cabalmente la premisa del sufragio efectivo. Aquí, la soberanía recaería en el pueblo, siendo éste quien mediante el voto libre elegiría a sus líderes y determinaría el rumbo de su nación. ¿En un sistema así, tendría sentido impedir la reelección de los gobernantes? La respuesta es que no. Primero, porque impedirlo constituiría una restricción del poder del pueblo; segundo, porque sería innecesario: si el pueblo es soberano, ningún otro poder puede hallarse por encima de él. Por lo tanto, ningún gobernante podría perpetuarse sin el consentimiento popular. En este modelo, si un presidente trabajara en pro de los intereses del pueblo, no habría necesidad de cambiarlo; pero si lo hiciera en contra, se le reemplazaría de inmediato.

En México, el concepto de reelección tiene una connotación intrínsecamente negativa, aun cuando su definición de ninguna manera la implica. La razón de ello se encuentra en la historia oficial, esa que los gobiernos pasados enseñaron desde la perspectiva de su propia conveniencia. Para el mexicano, la reelección está invariablemente asociada con la hiperconcentración del poder en el presidente de la república; responde a un recuerdo implantado, de ninguna manera vivido, del accionar de los villanos nacionales ensalzados por la historia oficial. De ahí que hablar de reelección sea invocar a personajes como Santa Anna o Porfirio Díaz, etiquetados sin más como dictadores; para la historia mexicana, son nada menos que las encarnaciones del propio mal, a quienes nada bueno hay que reconocer. Se sigue de inmediato que para la psique mexicana, hablar de reelección es equivalente a hablar de dictadura.

En este punto bien vale la pena preguntar, ¿a quién conviene semejante interpretación del concepto de reelección? La respuesta es que conviene al Estado Profundo, y en lo general, a los grandes intereses del capitalismo mundial. En el contexto geopolítico actual, la democracia de los países subyugados (e incluso otros) no es más que una simulación. El poder real lo ostenta una oligarquía; la participación del pueblo se reduce a un mero trámite, una fachada, que consiste en la emisión de un voto. No obstante, las decisiones trascendentes son tomadas por una élite a la que se le otorga un poder colosal, bajo la premisa de que son ellos los que tienen la preparación y el talento para decidir el destino de millones. El pueblo, asumido como ignorante e incapaz de autodeterminarse, debe entonces limitarse a seguir el designio oligárquico. Pero cuando algo sale mal para esta minoría, es decir, cuando hay una rebelión social que encumbra a un gobernante comprometido con la causa popular, la oligarquía tiene la tranquilidad que da la premisa maderista de la no reelección. Para ellos, será suficiente con esperar 6 años, o cualquier otro periodo, en los que habrán de desprestigiar implacablemente al presidente en curso. Después, pase lo que pase, saben que ese líder social, sin importar lo beneficioso que hubiera sido para el pueblo, deberá ser sustituido, lo que sin duda les allana el camino para recuperar el poder perdido. Finalmente, será suficiente con posicionar en el poder a un títere (o a un fiel sirviente), quien se encargará de revertir los logros del entonces pasado gobierno popular. Saben bien que los grandes líderes sociales son irrepetibles y que los movimientos populares tardan mucho tiempo en consolidarse.

Así pues, la no reelección en México, así como en muchos otros países subdesarrollados de Latinoamérica y el mundo, funciona de facto como un seguro de permanencia para la oligarquía; uno que les permite recuperar el poder con relativa prontitud tras haberlo perdido; uno que impide la realización de las grandes transformaciones en beneficio del pueblo, pues impone la limitación del tiempo. Por otro lado, para la oligarquía, la no reelección no presupone ningún problema ya que ellos gobiernan de forma sempiterna bajo el cobijo del Estado Profundo.

Entonces, no es coincidencia que los líderes de aquellos países que han elegido la ruta de la soberanía popular, al pronto sean etiquetados como dictadores, estrategia mediante la cual los desprestigian y los aíslan de los estados vecinos. No obstante, debe ser claro que la permanencia en el poder de un líder social, de ninguna manera implica, como condición necesaria, el establecimiento de una dictadura. Por el contrario, puede tratarse de la manifestación de un estadio político superior en el que se ha logrado implementar la soberanía popular como forma real de gobierno (el pueblo pone; el pueblo quita). Incluso algunos países imperialistas ejemplifican con claridad esta aparente contradicción. Recordemos, por ejemplo, a Margaret Thatcher, quien fue primera ministra de Inglaterra durante 11 años; o a Angela Merkel, quien al terminar su actual periodo de gobierno, se habrá desempeñado como canciller de Alemania por 16 años. ¿Quién ha osado calificar a estos personajes como dictadores, partiendo de su incuestionable y enorme poder o de los años desplegados al frente de su gobierno? Nadie y la razón es simple: son parte de la oligarquía mundial. Cuando se cumple esta condición, los personajes que en otras latitudes y circunstancias invariablemente serían denominados dictadores, se vuelven entonces estadistas.

Y así, llegamos al punto en el que podemos preguntarnos: ¿México debe seguir defendiendo el paradigma maderista del sufragio efectivo y la no reelección? A la luz del breve análisis expresado aquí, la respuesta es que no; no al menos en su forma original. Oponerse a la reelección del individuo nunca fue eficaz y en el contexto geopolítico actual, resulta más beneficioso para la oligarquía que para el pueblo. Defender la no reelección, en el mejor de los casos, favorece la alternancia de los individuos, pero deja intacto al verdadero poder en lo profundo. Mas una parte del paradigma sigue siendo plenamente vigente. El sufragio efectivo, que implica que la soberanía radique en el pueblo, debe ser el ideal al que debemos aspirar. Un estado capaz de llevar este principio hasta sus últimas consecuencias, será, indefectiblemente, una nación libre capaz de elegir su propio camino con independencia de los grandes intereses imperiales y neocoloniales. Pero esto no significa que estemos listos. Los prejuicios son atávicos, de modo que llevará mucho tiempo superarlos. No obstante, hay que empezar a cuestionarlos ya a fin de superarlos con prontitud.

En la antesala de una gran transformación de la vida política mexicana, no es casualidad que se exalte diligentemente el sentimiento reactivo en contra de la reelección (y su consecuente asociación con una dictadura). La derecha nacional teme al poder del pueblo, así como al líder que éste eligió para representarlo. Por ello, no escatimará recursos para generar miedo, división y conflicto. Desde luego, el nuevo presidente no se reelegirá, pero la oligarquía sabe que el país puede caminar en esa dirección, algo que a todas luces no va a permitir. De nosotros, como pueblo, dependerá qué tan lejos queramos llevar las transformaciones sociales que nuestro país requiere. Ojalá seamos valientes, no tengamos miedo del pasado y lancemos la mirada al futuro, sin prejuicios.

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2 comentarios en «De la reelección y otros demonios»

  1. Hay una cosa que siempre me ha intrigado de como la derecha insiste en hacer que AMLO ratifique que no buscará la reelección: hasta donde yo recuerdo, siempre al final del sexenio, el presidente de México es el individuo más odiado del país. Ninguno habría podido ganar ni cerca una reelección. Si en el 2024 AMLO estuviera en posición de reelegirse, lo extraño no sería si pudiera o no hacerlo legalmente, sino el gran presidente que habría sido para aún ser popular al final de su sexenio.

  2. Se me hizo muy interesante este artículo, sobre todo porque pone en la palestra un tema que es en efecto tabú en México, no obstante, es tabú porque nos recuerda prácticas de antaño, por un lado y, por el otro, nos recuerda lo que, en el Estado Profundo Mexicano, sigue siendo sin grandes modificaciones, nos guste aceptarlo o no. Concuerdo en que la reelección, mientras sea por medio del sufragio democrático y refleje las demandas del pueblo, es correcto, incluso, podría ser benéfico; deseable: no es posible hacer cambios verdaderos, en un país tan oprimido, en solo 6 años; se necesita más tiempo del concurso de un proyecto que realmente viera por el pueblo; de ser así, muchos cambios podrían reflejarse de forma efectiva. Este artículo me hizo reflexionar mucho al respecto; de hecho, creo que debe dársele mayor difusión, que permita abrir la discusión sin desgarrarnos las vestiduras y de manera objetiva: si es el pueblo quien realmente importa, la reelección, si éste así lo determina, es viable; y esto tenemos que discutirlo a profundidad. ¡Bien hecho!

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